Ocaso taurino

La gente sabe que nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena como dice el refrán y a cuento de que la prevista cubierta o montera con la que se pretendía cubrir la muy venerable Plaza de Las Ventas, la plaza de toros madre, la referencia mundial, nos ponemos a reflexionar sobre el asunto taurino que en estas fechas, con la veda echada, se bate el cobre en las plazas americanas en otro plano bien diferente de este de aquí.

El mundillo taurino, como se dice, está preocupado desde hace tiempo porque no ve las luces al final del túnel en que se introdujo y no le gusta la cara del enfermo, porque si de algo parece estarse seguro es que el asunto no está sano. La llamada Fiesta, lo es cada vez menos, las tardes se eternizan en una monotonía insufrible, con la sensación de estar viendo siempre lo mismo y temiéndose cómo va a acabar. Las plazas de toros se ven medio vacías, algunas con ese desangelamiento del cemento aunque sea Agosto y estemos en Marbella. Los empresarios tienen que aferrarse a otros espectáculos que les permitan cuadrar los números y tan solo las fiestas de San Isidro, La de Sevilla, la de Bilbao, Pamplona y Valencia cubren gastos. Hace tiempo, mucho tiempo que no se dan corridas de toros en grandes pueblos o ciudades medias que antes basaban sus fiestas mayores en ese espectáculo. Si uno mira el público de Madrid, por ejemplo, es difícil encontrar espectadores de menos de cincuenta años. Es evidente que el respetable no tiene renovación generacional. A muy poca gente joven le importa el asunto y la mayoría de ellos no han ido nunca a los toros. Si uno observa la afluencia en las corridas de feria, se percata, a poco que sepa, que la mayoría del público es lego en el asunto. La inmensa mayoría de esos espectadores ocasionales no sabe casi nada de toros. Si uno se fija en el respetable que acude a las corridas fuera de abono, se encontrará la plaza casi vacía y el respetable dividido en dos, los que saben de qué va y algunos chinos o japoneses al borde del vómito.

Cataluña a pesar de todas las presiones ha prohibido la Fiesta Taurina y en muchos otros sitios sin estarlo, de facto, también están proscritos. ¿Y de los toreros que? Pues de los toreros na, que diría el Ronquillo desde su asiento del 7. A la situación le salva que le ha tocado esta época a José Tomás, puede que la figura más grande de la historia taurina, al menos de la que aún podemos repasar en imagen, porque los toros hay que verlos y puede que una de las cosas que están pasando, fue advertida primero y apartada después por el propio astro de Galapagar: “La televisión matará a los toros, no los toreros”. La corrida de toros no es un espectáculo para ver por la tele. No se accede al nivel de barbarismo preciso. Desde la pantalla parece cada vez más prescindible. Hay quien dice que este ocaso viene desde que pusieron peto a los caballos de picar. No diría yo tanto, pero ojo al dato. Y por otro lado, en lo que estoy completamente de acuerdo: la decadencia del animal, del toro de lidia. Aborregado por sus criadores para que pueda ser toreado con mayor facilidad y se puedan cortar cien orejas una temporada. ¡Cuántos problemas! ¿Verdad? Puede que el que la montera de la plaza de Las Ventas muerda el polvo, no sea un augurio, pero lo parece.

 

Hay sangres tan antiguas que parecen ser la misma y a lo peor lo son. Enero.