Efemérides

La gente sabe que las efemérides guardan su aquel. Por ello, por ese afán de nombrar que tiene desde que aprendió a hablar y por lo mismo, a escuchar, dedicó parte de su imaginación que no a la estricta fe histórica a nombrar a cada día del año por el santo correspondiente. Es un hábito heredado del calendario romano que no fiándose de la memoria numérica del populacho, dio a los meses nombres específicos y los dedico a Dioses (Juno-Junio) a Próceres (Julio/Agosto- Julio César el Augusto) etc. Así, se fue recordando la llegada del verano, por ejemplo por la coincidencia con la noche de San Juan, santo al que dedicaron la noche del solsticio ardiente mitológico o la misma Natividad de Jesús, al que por cierto, no le dejan en paz y casi cada año se publican nuevas especulaciones sobre su vida, familia y amigos complicando con ello las meninges de medio mundo.

La culpa la tiene la memoria, que recuerda las fechas en las que las cosas pasaron y las apunta y con ello deja a los demás que le siguen la inercia a acordarse cada año de lo mismo: Que si hoy es el día de aquella derrota, que si mañana es el de la victoria, que si un día tal como el martes que viene nació fulano, que si otro tal cual murió mengano, etc. Eso está bien. Que la gente se acuerde de ti, quiere decir que lo que hiciste no cayó en vano, pero claro, a veces, resulta que la gente se acuerda de ti por lo que hiciste… mal. Y entonces la cosa se pone peor porque cada día que se recuerda, se recuerda lo peor y eso ya no está tan bien. Y si no que se lo digan al Walt Disney congelado que espera a que haya vacuna para el cáncer para que lo deshielen y que como todo el mundo sabe, y lo digo porque está de moda, descendía de catalanes. Resulta que uno de los grandes músicos contemporáneos le compone una partitura de ópera. Pero lo peor es que el libreto de la misma, sin rubor ninguno, le pone a caldo, o como diría algún antepasado, a caer de un burro que puede que sea una de las expresiones más ofensivas para un ser humano, caerse de un rocín que apenas se mueve. La ópera de Philip Glass con un título engañoso: The Perfect Americain, le pone de aúpa. De explotador a filo nazi para arriba. Y nada importa ya que inventara a Micky Mouse. En esa tesitura, la dialéctica entre memoria y realidad se bate ante los ojos de todos y no vale como le pasó al pobre de Edgar Hoover con todo su golpe de inventor de FBI dedicarse toda su vida a ocultar su condición de bujarrón, que le hacen una peli para contar lo suyo con su secretario. La moda es buscar la sombra del personaje. Sobre todo porque es una seguridad periodística y, seguro, más rentable. Todos los seres humanos guardan vergüenzas como para sonrojar a Rasputín. Y esa trastienda moral es la que permite sostener el escaparate preciso para ser socialmente aceptable. “No te fíes de lo que te cuenten, lo peor es lo que callan” dice un eminente viejo párroco a un curita joven en una novelita doméstica, pero que dice la verdad.

Total, el asunto es que da miedo morirse, pero no por desconocer las direcciones de Cielo e Infierno, sino porque a la larga, seguro que todo lo que hayas logrado ocultar te lo sacarán en un comic, un biopic o una ópera, todo dependerá de lo gordo que sea lo que ocultes y la estatura que hayas logrado alcanzar ocultándolo. Y lo peor no es eso, es que cada efemérides de tu nacimiento, de tu muerte o si quieren, del primer día que cogiste el autobús, te la volverán a liar.

Menos mal que la memoria también se empeña en abandonarnos, que sí no… .. Enero.