El pavoroso ocio

La gente sabe que las cosas se tienen que ver para sentirlas de ahí el viejo adagio de ojos que no ven corazón que no siente. Puede que una historia bien urdida y mejor contada nos haga sentir por dentro algo parecido a lo que sentiríamos si lo viéramos pero siempre poniéndonos en el lugar del otro. La argumentación contada siempre puede conseguir a los sumo que sintamos lo que sienten los que lo viven o casi.

Hace tiempo que la gente de este país, puede que como pasaba antiguamente en el campo, en invierno. En las cortijadas en las que se iba la luz con el sol y tras la tarde interminable ante el fuego, el paisano no tenía más remedio que ponerse a pensar y se ponía a darle vueltas a lo que tuviera por resolver. Esperando a poder volver a hacerlo. Así, la gente de hoy que vive una situación comparativamente no tan lejana como pudiera pensarse, se pasa las horas necesariamente ociosas dándole vueltas a la cabeza buscando una salida en forma de idea o al menos de respuesta. Mucha gente se echa a la calle a pasear, a dar vueltas y vueltas para seguir volviendo a casa a la hora de comer y que no se pase la mañana echándole a uno del sofá al sillón y de este de nuevo al sofá. Levantando los pies para que la mopa pase por debajo de ellos, después de aprenderse los nombres de todos los innombrables de la tele. La gente pasea por inercia, por instinto de hacer algo con tal de no quedarse en casa. Y en esos paseos se vuelve a topar con una vida que le había pasado inadvertida y que había escuchado como mucho a sus mayores al volver a casa de nuevo, como el ahora y que tantas veces le fastidió. La minuciosidad de los detalles captados en una nueva edificación próxima, el color extraño del cartel de la carnicería, la colección de blusas de la dependienta de las quinielas o el número de bancos del parque. Detalles, todos ellos ociosos para quien como entonces, tenía mucho que hacer. Y es que la actividad es la madre del hombre. Y el ocio, la madre de todos los vicios que decían los antiguos. De eso saben bastante los terapeutas de los servicios de empleo y se empecinan en programar actividades que no le permitan al ocioso ensimismarse con el fuego, aunque tenga forma de pantalla de televisión y le programan curso tras curso en los que aprende a hacer libretitas, cartelitos, desplegables y otros etcéteras.

El quehacer se ha quedado sin el interrogante y se acurruca temeroso de que le reconvengan por haber dejado las zapatillas por cualquier lado. Y es que nunca fue fácil encontrar algo que hacer y menos ahora. Son muchísimos miles de años pugnando por sentirse útil. Antes en el campo siempre había tareas reservadas a la infancia y la vejez, muchas de ellas las mismas, donde no por casualidad se encontraban los abuelos y los nietos. De acuerdo que no eran las principales pero si de enorme importancia. El problema es que en las ciudades, el hombre está solo, porque solo hay hombres.

El hombre, como todo ser vivo está hecho para valerse. Para tener valor. No para que le subvencionen su inutilidad. Le pagan. Pero lo paga.

Las miradas perdidas pintan corazones absortos sin franqueo posible. Enero.