Mensaje navideño

La gente sabe que en la comunicación con los otros reside parte de la consideración propia. Así, muchas veces nos referenciamos con los que podemos a través del intercambio de mensajes de todo tipo. Podemos pasarnos toda la vida intercambiando un leve gesto en el ascensor con aquel con el que nos encontramos indefectiblemente cada mañana y conformarnos con eso. Muchas veces nos basta un ligero movimiento de cejas para saludar y a veces por muchas palabras que expresemos no lo conseguimos. El ser humano se comunica desde que como individuo alcanza a ver al otro y racionaliza su presencia en la vida propia. El ser humano emite mensajes de todo tipo y por toda clase de canales a su alcance con los contenidos más dispares, desde las cursis cartas de amor platónico del Romanticismo a los jeroglíficos y actuales SMS o WhatsApp.

El análisis del discurso gestual nos ha informado de manera importante de asuntos que deberíamos haber evaluado en su medida antes de recibir el mensaje completo, expreso. La mirada, la postura, el modo de vestir, el movimiento de brazos, manos, piernas o torso, el tono de la voz, el timbre de la misma o su volumen son datos muy significativos que constituyen muchas veces lo más nucléico del mensaje. El medio, ya lo expresaba McLuhan tiene una enorme tendencia a convertirse en mensaje de forma que muchas de las veces la información obtenida del discurso no verbal, termina por imponerse al expresado con capacidad de reafirmar, matizar o cuestionar el propio mensaje. Por eso, los medios de comunicación digitales como los mencionados anteriormente, se referencian a los más rudimentarios, como los epistolares, porque excluyen la información obtenida de la comunicación interpersonal. Si a ello añadimos las técnicas de métodos acrónimos para economizar el discurso alfabético y por ello, ahorrar espacio, la cosa se complica aún más.

Se debería añadir que los modernos cauces comunicativos nos permiten globalizar de tal manera la lista de destinatarios que con un solo clic después de haber escrito un mensaje, somos capaces de enviarlo simultáneamente a tantos destinatarios como atesoremos en nuestra carpeta de contactos.

Hay épocas en las que el ser humano queda seducido por la tradición y se cree obligado a determinadas conductas, digamos, de temporada. Así sucede con el tiempo navideño en el que la gente se apresta a mandarte cualquier chorrada que se le ocurra por peregrina que sea y como el asunto está fundamentado en el clic que globaliza el mensaje, le llega un salmo religioso al ateo o un chiste de mariquitas a gays o lesbianas, siempre de un amigo que se supone que te conoce y respeta. Son las consecuencias de las formas globales de comunicación.

Detesto los mensajes navideños. Y lo hago porque me suenan a propaganda hedionda de la mediocridad humana. De esa práctica judeo cristiana de pecar todo al año y penar en pascua. Me estraga la bazofia sentimentaloide que un tipo inclemente todo el año te manda escrito sobre las alitas de un angelote. Nada le redime de su conducta cotidiana. Por muchas baboserías que incluya en verso o en prosa. Pasarán estas fechas y se las tendrá que seguir viendo con la realidad que es con quien se juega uno los cuartos. Además, ya sabemos que en Belén no había burritos, ni mulitas, ni corderitos, ni palomitas. Lo dice el Papa. Tengan piedad.

Una pátina eucarística se posiciona en el ego travestido de muérdago inocente. Diciembre.