El 12 del 12 del 12 (a las 12)

La gente sabe que las fechas no son días cualquiera, por eso cuando se dice eso de fecha señalada, no deja de ser una obviedad. Toda fecha señala un día de manera definitiva, sea porque lo circulemos en rojo en el calendario o porque este nos lo termine imponiendo. De hecho todo lo acontecido se sostiene en torno a los cabos que sostienen la nave del recuerdo a su referente que son las fechas, por eso las recordamos, por eso las guardamos donde sea para que cada vez que sea ese mismo día llamemos a arrebato y nos sea reconocida. Las fechas dominan los años, los vividos porque alrededor de ellas se arremolinan los recuerdos de manera ordenada, jerarquizada incluso, la fecha acota el hecho y lo ata definitivamente a nuestra historia. Además, toda nuestra existencia presente se acomoda a esos puntos fijos que nos mandan los días señalados. Incluso el futuro comienza a acomodarse en nuestra meninge cuando lo posible se articula en fechas. Las calendas nos rodean alrededor de lo que nos ha sucedido, nos sucede o esperamos que lo haga y a veces lo hacen por el aura que rodea al propio dígito. No quiero ni imaginarme la que se habría liado en Palestina si los que vivieron en al año 1 de nuestra historia hubieran sido conscientes de ello. Algunas fechas nos vienen señaladas desde hace tanto que nos parece cosa conocida. No se me olvida que según la profecía maya en este mes 12 del 12 se debería acabar el mundo. Claro que los mayas no sabían las veces que se ha acabado desde entonces. Las capicúas son fechas pictóricas o cinematográficas. Especiales.

La de ayer, día 12 del mes 12 del 2012, tampoco fue una fecha cualquiera y no solo por la solar coincidencia de números que nos hacen portarnos como tontos. Aún me acuerdo de las gafas que me puse la Nochevieja del 1999 para esperar al joven 2000. Es verdad que es un capicúa extraordinario y más si se acuerda celebrarlo a las 12. Ayer cumplía un siglo el Comité Olímpico Español desde que Gonzalo Figueroa lo fundara en 1912 y como es natural, se celebró por todo lo alto. Todo el acto, lógicamente estuvo jalonado de las fechas señaladas por los juegos olímpicos, los números de deportistas, las cantidades y clases de las medallas, etc. Fue un acto en el que el olimpismo español sacó pecho, como es natural y además, dentro de lo que cabe no se pusieron excesivamente pesados. Sin embargo, discrepé en profundidad del núcleo de la celebración, del meollo del asunto. Creo honestamente que fue un acto pequeño, ombliguista. Hoy el deporte hace mucho que traspaso la linde de sí mismo para pasar a formar parte constitutiva de la vida social moderna. Nunca, ninguna sociedad histórica vivió más de cara al deporte que está en la que vivimos. No solo la actividad física de los individuos occidentales está en el juego. Los medios de comunicación, los ministerios de los gobiernos, la vida empresarial esta de cara al deporte como jamás lo estuvo.

No me parecieron las gentes del deporte conscientes de esta presencia social, de esta trascendencia en la vigencia de los valores predominantes. Me pareció verles de nuevo perdidos en el juego competitivo. Divertidos y algo cegados por la altivez de la élite social y económica en la que les hemos colocado. Pero el premio no está en el trofeo sino en la mirada que los admira.

Felicidades. 100 años es otra vez una cifra especial.

Todo sigue estando lejos, por alto y fuerte que se crea. Diciembre.