Los resentimientos

La gente sabe que los sentimientos de los civiles, aparentando ser algo propio, de uno, personal e intransferible, muchas veces terminan siendo de varios e incluso de muchos, porque una condición del sentimiento es su expresión. Solamente cuando la personalidad se pone malita y enferma, las cosas de la sensibilidad se extreman y esconden, se disfrazan y equivocan, se aguantan y de pronto salen por la boca como un disparo y a veces en forma de bala que termina con todo. Por eso se aconseja siempre no ocultar el sentimiento sino muy al contrario, dejarle salir y que se expanda como espuma aunque duela.

A veces, cuando el sentimiento se encona, se queda en un rincón del recuerdo. Doliendo. Le pasa lo que a los chorizos: Se pone duro. Incomible. Inservible, salvo para alimentar el encono. Se pone rancio volviéndose sobre sí mismo, realimentándose y aislándose del recuerdo verdadero para buscar solo la sensación que sirva para que no deje de oler. Parece como que el ser humano dependa de ese hedor que desprende el sentimiento frustrado y contenido para seguir alimentando la presencia de un pasado que hiede como los muertos.

El diccionario de la RAE, viejo notario de una antigua lengua, dice que a eso se le llama resentimiento y que no es sino tener sentimiento, pesar o enojo por algo. Hay que fijarse como en la propia definición se contiene la escala del sentido, sentimiento, pesar y enojo. Tres estados de la conciencia que configuran un itinerario del encono.

Vivimos una época de la historia de este país en la que de pronto, parecen estar asomándose a la ventana los resentimientos. Es verdad que estos, precisan de banderías adecuadas que les presten voz y eco y eso, ahora, tampoco falta. Los discursos de los políticos, que no debe olvidarse siguen siendo apreciados según la última encuesta del CIS por los españoles como el tercer problema más importante del país, cerca del segundo que es ni más ni menos que el paro, se van llenando de resentimientos. El progresivo desplome de la ideología en el discurso político, bien por ser cada vez más difícil de identificar en los bandos como por no estar de moda, va dejando paso a la fuga de la razón. De la idea. Y solo se va dejando acomodo al sentimiento que es engañoso como todo lo que anida profundamente en el hombre.

Más concretamente en el llamado pulso soberanista, se va abriendo paso a codazos un resentimiento viejuno, agreste y polvoriento que tiñe de sensaciones las ideas y nubla las percepciones. Entre lo catalán y lo español, hemos pasado a lo catalanista y españolista. El escenario es parecido al tiempo del pre divorcio en la pareja, cuando todo termina por verse desde el otro lado del filo de la navaja y las nubes se posan en los ojos como motas de desentendimiento.

Me parece que todos tenemos algo en contra de cualquiera y no es novedoso que veamos más lo que nos enoja u ofende que lo que nos ayuda a ver mejor al otro. Es una cuestión de lógica y dinámica. Cuando las cosas se ven rotas, se rompen más deprisa y más profundamente.

Me da miedo el resentimiento que va asomando su fea cara entre lo catalán y lo otro, se llame como se llame. Y me da pena. Y me cabrea.

Es un juego del Demonio confundir amor con matrimonio. Diciembre.