El diablo habita en los detalles

La gente sabe lo que le cuentan. Siempre fue así pero, desde luego, desde que la experiencia puede almacenarse, guardarse y transmitirse cuando sea necesario, mas, mucho más. La gente recuerda cosas que no ha llegado a vivir, espera asuntos con detalles que no es posible saber si no se han experimentado porque se lo han contado y describe paisajes en los que jamás ha estado, ni estará, con la precisión del que lo ha visto en detalle. Por televisión. Pero en detalle.

Siempre se ha dicho aquello tan machista de que “A la mujer y al papel, hasta el culo le has de ver”. Es una observación sabia en su inocencia que hoy está en desgracia por considerarse, con razón, fuera de tono, al margen de lo conveniente, sobre todo porque puede ser interpretada al pie de la letra y resultar ofensiva para un género tan maltratado históricamente como el femenino, que cualquier discriminación positiva por exagerada que pudiera parecer solo palia en una ínfima parte las tropelías a las que ha sido sometido. Aún les debemos tanto que dudo que en algún momento podamos considerar la deuda saldada. Pero, el acerbo popular, que puede ser ignorante y ofensivo. No se engaña. Es maleducado, pero guarda razón. En el caso de las mujeres, viene a advertir, como estoy seguro que lo diría en el caso de los hombres, que en las visiones que nos da el sentimiento, se agazapan otras consideraciones que el enamorado tiende a no ver o a no considerar, al menos suficientemente. Viene a advertir, que mas allá del amor, de la pasión y del sexo, llegará la convivencia, la familia, los hijos, los mayores, el paso del tiempo, la rutina y otras materialidades diversas que causaran conflicto con toda seguridad y en esos asuntos son en los que el enamoramiento no piensa, como es su obligación, pero que la razón, justamente advierte que deben considerarse al margen de la talla de sujetador o la dulzura de la mirada. Son características que podrán tardar en llegar, pero que acabarán teniendo una importancia capital en la vida personal, familiar, y profesional, por muy ocultas o alejadas que pueda parecer que estén.

En cuanto al papel, desgraciadamente, la prudencia pedida en el refrán viene a cuento por la misma razón. Cuando firmamos un acuerdo es que hemos llegado a su culminación, de tal manera que lo expresamos negro sobre blanco, con testigos y la mayoría de las veces en documento público. Esa razón entusiasta de haber llegado al final nos infunde prisa por llegar y dejarlo por fin a un lado. Nos parece que leemos lo mismo que hemos acordado, pero muchas veces tan solo nos parece escrito lo que en el fondo hemos querido ver escrito y eso nos trae enormes problemas posteriores que a veces se convierten en insalvables.

Dos asuntos sociales de enorme trascendencia vital nos dan la cara en estos tiempos de penuria que tienen que ver con esto, la trampa, por no decir fraude institucional de las Preferentes, y las Hipotecas, firmadas tan solo sobre la letra grande. Las dos certifican que el drama humano no tiene fin por mucho Estado del Bienestar que sea, porque en cuanto puede, renuncia a serlo y se convierte en el Estado del Desahucio que es de las grandes violencias que se le puede causar al ser humano. Ponerle en la calle, y aún más: Ponerle en la calle debiendo hasta la última cuota firmada y siendo responsable de hacerlo de la forma que pueda, si es que puede.

En ambas situaciones de drama social, el íntimo y el familiar, habita El Diablo, como siempre, refugiado en los rincones de los detalles, aquellos a los que ni con el mayor empeño logra uno llegar de tan disfrazados que están tras la cortina. La de la jerga legal. El Diablo habita en los detalles. Pero de ahí sale a pasear contoneando su cola al compás del drama que es su música favorita.

El azufre es un disfraz y los olores no riman con los vientos. Noviembre.