El hombre se queda solo

La gente sabe lo que es la supervivencia. ¡Cómo no! La gente guarda los individuos en si como los árboles los frutos o los sacos el trigo: Tras haberlos contado. Todas las partes posibles que se abrigan entre si para que el todo les desnude de solitud y los defienda en su conjunto. La supervivencia del bípedo mas famoso en la evolución tiene tanto que ver con la solidaridad del grupo como con las habilidades mas eficaces del individuo y es tan antigua como seamos capaces de suponer. “Los de Atapuerca” con el gran divulgador científico que es Arsuaga al frente, descubrieron los huesos de un tipo que debía haber desaparecido mucho antes de lo que lo hizo. Pervivió a su propia incapacidad por la solidaridad del grupo que cazó por el, despiezó por el, luego masticó la carne por el, la ensalivó y después se la puso en la boca para que el la tragara y se alimentara. Así consiguió llegar sin diente ninguno a una edad impensada. Nadie sabe mejor que el hombre, de que manera depende de los demás y por ello, de que manera debe responder por los demás. La solidaridad, la básica, la alimentaria, la de abrigo y cobijo, nos parece una cosa de Atapuerca. Algo lleno de ceros en los años de antigüedad. Una cosa tribal, contada por los que se empeñan en descubrirnos en los nuestros. Pero no. Nunca dejó de abrigar al hombre que tuvo la fortuna de acceder a ella. Siempre, en los tiempos malos, y cuanto mas peores, mas, la solidaridad reaparece por encima del egoísmo del humano, al margen de su interés y mas allá de su perspectiva. Y cuanto mas humilde y desposeído sea el grupo al que se pertenece, mayor nivel relativo alcanza ese sentimiento que cristianizado, se llama piedad.

Hace tiempo que los pensadores sociales nos preguntamos como es posible que la situación actual de este país, con zonas de paro por encima del tercio de la población activa, con periodos de carencia salarial alargados por años, con una población en paro por encima de la edad de encontrar otro trabajo, sin perspectiva ninguna de volver a encontrar un salario por indecente que pudiera ser. Con familias enteras arrebujadas en el sofá ante la tele, soñando con dejar de pasar necesidad y que alguien de la familia encuentre algún trabajo. Con los servicios sociales de ayuda colapsados por colas interminables de dignos profesionales que guardan su turno y su vergüenza para que les den un kilo de harina o un paquete de café. ¡Como es posible! Digo. Que eso no reviente y avente la necesidad como un sueño vengador.

Los bancos ya no se prestan ni entre si, porque tampoco se fían de ellos mismos. Los sindicatos hace tiempo que no guardan nada en las cajas de resistencia. Los servicios sociales se colapsan. Y hasta la propia familia cambia de esquina para cruzar la calle, no sea que tengan que encontrase con nosotros. El vecino observa por la mirilla antes de salir al descansillo y los miembros familiares mas próximos, comienzan a avituallarse a escondidas, criminalmente.

El hombre se queda solo. Mira a su alrededor y cada vez ve menos gente. Las penas de cada uno no son las de los otros. Ya no. Cada palo aguanta su vela y las puertas se han ido cerrando sin remedio ante la pena que no cesa. Todo tiene un límite y parece que la individualidad es la frontera entre lo propio y lo ajeno. Nada parece con capacidad de consuelo suficiente y las miradas de los desesperados se van quedando junto a los zapatos como las meadas de los ancianos. Tan cerca. Tan débiles. Nadie sabe donde se esconde la esperanza ni como reclamarla, apenas queda seguir mirando a ver si de pronto, alguien cruza la esquina, nos mira y sonríe.

¡Cuánta es la pena sostenida en los brazos inútiles, inútilmente!¡ Noviembre.