Fraude deportivo: Fraude

La gente sabe lo que es la competencia. Ella misma lo inventa en su empeño por la lucha por la supervivencia. Una vez pasada la época de la pervivencia, superada la edad de la autoproducción de alimentos y la vista puesta en la amortización de los excedentes, sucede que el individuo se instala en espacios donde los demás lleguen a buscar para mercadear. Llega con lo que o bien le sobra o bien ha conseguido reunir de a poco de lo que les sobra a los que tiene acceso y lo expone en el suelo primero y más tarde al alcance de la vista y de la mano. Lo ofrece a quien primero cambia y después a quien compra. Y en ese vaivén de quien demanda y quien ofrece, descubre la diferencia que le permite volver a casa de vacío o con los mismos sobrantes o parecidos. Se agrupa junto a los suyos, los que ofrecen lo mismo que él y acepta la ley implícita que les diferencia ante el demandante. Los mismos productos a los mismos precios pueden comprarse en cualquier puesto, por lo que el descubrimiento de la diferencia, le distingue y discrimina, para bien o para mal. Por ello, se empeña en engordar el caballo del que es amo o vigilar la viña o engordar la patata. Compite con su igual aceptando la ley de quien con parecidos mimbres, en buena lid, pelea por estar por encima de El otro.

Y la gente sabe también lo que es la competición. La acción de las leyes de la competencia, en el campo de juego aceptado por todos los participantes, bajo las mismas leyes aceptadas por todos y aplicando las normas y conductas que a todos engrandecen y dignifican. Saben que la competición solo es posible si la norma rige universal. La acción está sujeta a la norma por ley. Escrita o tácita. Expresa o implícita, la ley es la dictadura del juego. Sin ella el tablero se rompe. No olvidemos que todos los juegos nacen como imitación a la vida, representada por figuras o fichas, garbanzos o piedrecillas. Da igual. Representan el mismo valor al margen de su realidad material cumpliendo fielmente su valor simbólico.

Puede que de todos los juegos, el más primitivo, el más antiguo y sin duda, el más propio de la naturaleza humana, sea el universo de competencias que hoy conocemos como deporte. Basado en las posibilidades físicas del ser humano, comienza por la competencia elemental de ver quien levanta el mayor peso, quien lo lanza más lejos, quien salta o quien corre más. Siempre ante la atenta mirada de los iguales que aseguran con su presencia la ecuanimidad necesaria para que la competencia sea tal.

Pero he aquí que continuando con la mejor tradición de la paradoja humana, es precisamente en las competiciones deportivas donde la subversión interesada de la regla es más común. La burla de la ley que mide el rasero preciso viene junto a la trascendencia del triunfo. Estamos seguros de que cuando al sumo ganador se le colocaba la humilde corona de laurel que en un par de semanas apenas servía para aromatizar el cocido, el empeño por protagonizar la memoria, conociendo la fragilidad de esta, se limitaría al orgullo personal, la felicidad familiar y la gloria efímera. Pero claro, el hombre empieza a cambiar los premios y resulta que la victoria empieza a cotizar en bolsa. Ganar una determinada competición conlleva los emolumentos económicos acordes con su trascendencia y difusión, unidos a los intereses comerciales y propagandísticos puestos en ella, de ahí que la tentación de la burla de la ley sea no solo una tentación humana, sino económica.

Los campeones deportivos se pasean por la actualidad con la prestancia con la que lo hacían en la antigua Grecia, pero en vez de hacerlo en taparrabos como nos mostraba Cecil B. De Mille, lo hacen en Ferrari. Por lo menos hasta que se demuestra su fraude, su trampa, luego los tribunales les obligarán a devolver en la derrota lo que ganaron en la victoria amañada. Y aun algunos les siguen considerando grandes campeones. ¿Por qué será?

No es verdad que los esfuerzos suden. Sueñan. Octubre.