Mal rollito

La gente sabe más que nadie de las expresiones populares. Es más: La gente acuña las expresiones que llegan a ser populares. Digo que llegan a ser porque es obvio, en este caso más que en ningún otro, que cuando el paisano pronuncia la frase, en ello no apuesta la intención de trascender ni de influir. Es posible, incluso, que ni siquiera tenga conciencia de la trascendencia que por lo que sea, porque nadie lo sabe con exactitud, pueda llegar a tener la sentencia. Ora cosa es cuando un notable, alguien de reconocido prestigio y al que se le escucha de manera atenta cuando se supone que va a hablar, se dispone a dejar caer su definición de la sabiduría en una frase que será célebre. Ese caso es diferente porque, primero, se le supone al susodicho la capacidad necesaria para enunciar la síntesis mágica y sobre todo, porque el dicente, llevará un buen tiempecito madurando el asunto. Incluso, como alguno que conozco de la RAE, ensayándolo ante el espejo. Es verdad que cuando gente proba de más como por ejemplo Fray Luis de León, suelta la frasecita de marras de “decíamos ayer” tampoco especula con la ulterior memoria colectiva. Pero quedemos de acuerdo en que es diferente cuando la frase llega desde el conocimiento y la especulación intelectual que cuando llega de la gramática parda, la inconsciente y marrón geografía de los olvidados.

Durante siglos, nos hemos alimentado de la filosofía palurda de los hombres del campo, pero la cultura rural está cautiva y desarmada, ninguneada y sobre todo huérfana. Porque en el campo apenas queda gente con tiempo para pensar. Los antiguos pastores poetas se han jubilado y los actuales componen versos, si lo hacen, en búlgaro, magrebí o rumano. Quizá queden las gentes de la serranía, los muleros, perreros y guías de montería. Puede que esos aún crean que los horizontes siguen siendo muecas de eternidad. Pero a esos nadie les escucha tampoco.

Desde hace tiempo, las aportaciones colectivas al lenguaje que logran incorporarse al cotidiano e incluso terminar subiéndose al diccionario de la RAE nos suelen llegar del lenguaje joven. Del argot desarrollado entre las claves exclusivas de la juventud en el botellón, la discoteca o los SMS. Son ellos los que nos innovan con sus hallazgos semánticos, a veces, prodigiosamente creativos y rotundos.

Mal rollito es una expresión de esa categoría. Expresa de forma concisa, sintética, y a la vez  generosa, la sensación que tantas veces experimentada, precisamos de varias frases para expresarla aproximadamente. Define con claridad y acercándose a esa costumbre toledana de adjetivar en diminutivo la sensación de que el ambiente no es el mejor, que el personal desconfía y se guarda y que por lo que sea, no parece el momento mejor de proponer ciertas cosas. Mal rollito. Se susurra uno a otro al vislumbrar los semblantes que les rodean y como esa costumbre toledana, consigue calificar con rotundidad sin escatologizar ni trascendencia pretenciosa.

Lo escuché el otro día en un andén de metro a un tipo que tras decirlo, colgó el móvil sin despedirse. No pude por menos de trasladarlo a la primera plana de este periódico que leía en el ipad: Mal rollito. Todo lo que se podía leer traía malas sensaciones. Desde las noticias periféricas a las deportivas, las económicas, las medio ambientales, etc. Y puede que no sea una sentencia orteguiana, ni unamunesca, pero leyendo lo que en su día dijo Azaña sobre al asunto catalán y aplicándolo al resto de la actualidad, me dije: Mal rollito. Y colgué el móvil.

Resuenan los carriles hartos de la misma vía. Octubre.