¡Muerte a los nuestros!

La gente sabe que aquello de homo hominis lupus no se lo inventó el Dr. Félix Rodríguez de la Fuente por epatar y que comprendiéramos aquellos revolcones que se daba con el jefe de la manada de sus lobos alcarreños, sino que es una secular cita latina que asevera una de las verdades más obvias y manidas de la historia humana, que el hombre es lo peor, un lobo para el hombre. Que la capacidad de ejercer el mal sobre sus semejantes no tiene parangón en el mundo animal, y lo que es todavía más llamativo: que en sus cientos de miles de años de existencia consciente, al menos desde la aparición del sapiens en tierras sudafricanas, allá por el 140.000 a.C., no ha corregido un ápice esa conducta, sino que muy al contrario, la ha refinado y perfeccionado, de forma que cada vez mata mejor a los suyos y más cantidad de ellos.

Juan Luis Arsuaga, genio de la comunicación científica, me lo contaba hace años siguiendo los inciertos pasos de los paleo antropólogos en su errónea interpretación de las sociedades pre humanas a lomos de sus prejuicios. Interpretando erróneamente las cosas por el simple hecho de poseer un previo modelo de hombre antiguo, sospechosamente parecido al humano moderno, es decir, dotándolo de las mismas cargas éticas y de conciencia que el homo tecnologicus. Por eso, al encontrar huesos de seres humanos claramente roídos, primero le cargaron el muerto a los depredadores y más tarde, ante las evidencias, admitieron que la faena la habían perpetrado los propios compañeros, e incluso familiares del finado, pero eso sí, con espíritu ceremonial. Hasta que no tuvieron más remedio que admitir que los tipos aquellos cazaban tipos como ellos para comérselos. Punto.

Uno siempre piensa que por mal que vayan las cosas, el progreso va refinando al ser humano de forma irremediable, pero sólo es verdad en las formas. Sólo las maneras de matar se desarrollan. La dentellada a la garganta, el lanzazo en la espalda, como el hombre de orzi, o el oportuno garrotazo en la cabeza fueron dando paso a mas refinadas formas de matar al compadre.

Es obvio que el homo lupus ha matado muchas más criaturas diversas, al margen de a los colegas pero es verdad que nunca ha dejado de hacerlo con estos y si cabe, cuanto más cercanos se sienten, mayor crueldad se suele aplicar. Probablemente porque el hombre no olvida y siempre se la tiene guardada a alguno, pero también porque el placer que le provoca el sufrimiento, es mayor si se sabe el nombre del susodicho. Además, le resulta más fácil y cómodo matar a uno de los suyos que a cualquier otro. La historia esta llena de ejemplos, pero la reciente más y la actualidad aún más todavía.

Aún resuenan en la retina de los televidentes las imágenes del apresamiento y linchamiento de Gadafi, que recordaban aquellas del Duce. Ni hablar de Bosnia o Kosovo, Gaza o aquella lejana Cambodia. Ahora las fauces sanguinolentas del bípedo se vienen de Alepo o Damasco. Donde los curas celebraban misa en el interior de la mezquita de los Omeyas ante el mausoleo con la cabeza del Bautista. No tienen prisa. Mueren igual todos los hombres. Aunque les maten unos u otros. Los del Ejército Libre Sirio, se han puesto a la tarea sin contemplaciones y ejecutan sin preguntar a todo el que les parece que no es de fiar del todo. Agazapados en los sótanos bajo las bombas de Al Asad, salen de sus escondrijos en cuanto cesan para repartir brutalidad y ferocidad a partes iguales con sus enemigos. En eso consiste la revolución perfecta que dicen pretender. Y puede que si lo consiguen, la sanguina no acabará por mucho tiempo. Al menos hasta que se queden sin nadie alrededor. Si tienen que ir a buscarlo ya es otra cosa. Esto, sigue siendo cosa de íntimos. Entre nosostros. Si no, que se lo pregunten a Federico García Lorca. El que pueda, claro.

Los sueños dejan de prometer y se excusan en que no queda tiempo. Agosto