Traigo la camisa rota

La gente sabe de memoria esa canción: Santa Bárbara bendita. Es un emocionante relato escueto y dramático de la vida en la mina. Una estrofa comienza así “Traigo la camisa rota por salvar a un compañero…” La primera vez que la oí fuera de mi familia fue a un chavalín de no más de diez años al que coreaban unos hombretones de voz recia y aguardentosa a los que les corrían las lágrimas por las mejillas coloradotas mientras cantaban a voz en grito. Y lloré también. Como autor de canciones no he conocido ninguna con esa carga dramática tan contundente.

La mina, la vida en la mina y los mineros son ingredientes inevitables de las páginas heroicas de la resistencia española. La mina tiene en si misma todos los valores precisos para que cuando los moradores de las galerías salen a superficie y embadurnan con sus rostros tiznados la realidad desbordándose desde el ascensor que los trae desde las profundidades, toda vida parece empequeñecida y ruin frente a esa del picador.

Por eso fueron los primeros huelguistas allá por 1890, la primera huelga minera que los puso en el imaginario popular y que continuó hasta 1910 en un rosario de levantamientos violentos. De esa cultura nacen un montón de mitos revolucionarios españoles, aunque quizá la más conocida fuera la gran Dolores Ibarruri (Gallarta, Vizcaya, 5/9/1895) hija y esposa de mineros vizcaínos que usó por primera vez su famoso nombre de Pasionaria en un artículo publicado en 1918 titulado “El minero vizcaíno”. Ella representó en las huelgas del 34 a la minería española y su irreductible espíritu reivindicativo. Pasionaria no pudo estar en la huelga minera más sangrienta del siglo, la de 1962, cuando los mineros de Asturias se pusieron en pie contra el régimen del General Franco, pero su voz y su arenga mítica atronó por aquella Radio España Independiente que se oía bajito, bajito bajo la manta.

Los tiempos han cambiado pero parece que no tanto para ellos, los mineros. De vez en cuando les llega su hora del heroísmo. Acordémonos de los mineros chilenos sepultados durante días y días hasta que se perforó un pozo hasta ellos. Y de su capataz que les mantuvo disciplinados y salió el último, cuando se desbordó el llanto. Todavía de vez en cuando, un accidente, una explosión de Grisu o un derrumbe, los trae a la actualidad, tiznados y heroicos, tan expuestos y tan resistentes.

Hace tiempo que los recortes amenazan la mina que es mucho más que una vida. Es una épica. Este año, recortan un 63% ni más ni menos y aunque están acostumbrados a ellos pues hace mucho que se saben subvencionados, esta vez se asoman al abismo del abandono de las explotaciones, el paro y la miseria.

Los mineros conviven con la muerte, le han visto el rostro de cerca muchas veces y saben tanto de picar en las galerías como cavar en los cementerios. Han perdido a muchos compañeros y son, por eso, gente dura de pelar. Se han venido esta vez caminando desde las cuencas para encender con las lámparas de sus cascos la noche económica madrileña en la que los banqueros van a los jueces y estos al banco. Puede que a alguno le asuste y que a otros les parezca una representación del movimiento obrero por antonomasia y poco más. Ya se sabe que las habas están contadas y adjudicadas y que las actividades subvencionadas terminaran por dejar de serlo. No subvencionadas. Actividades. Pero mientras, estos, con las camisas rotas, inundan de verdad y romanticismo social este poblachón manchego, adormilado y acobardado. A lo mejor algún niño que les vea deje de soñar con ser defensa central o delantero centro. ¡Quién sabe!

El azabache es un pellizco secreto de todos los colores que están ocultos. Julio