Sobre el amiguísimo

La gente sabe que “Quien tiene un amigo tiene un tesoro”. Toda la gente lo sabe. Y lo sabe porque además de haberlo oído y visto, lo ha experimentado. Dice un viejo proverbio árabe que Un hombre se parece más a su tiempo que a su padre. Y es verdad. Y eso es posible porque en su socialización, en el largo camino de aprender a parecerse a los demás, inexcusable fundamento para intentar después diferenciarse de ellos, es imprescindible contar con un amigo. De él se aprende prácticamente todo lo que somos capaces de experimentar, mientras que el conocimiento comunicado nos llega desde otros reservorios. Un amigo es desde quien te enseña a conocer tu propio cuerpo hasta quien descubre en tí y te lo muestra, todo el almario que contienen tus sentimientos. Él te enseña a descubrir por qué eres ansioso con el balón, por qué tiemblas cuando pasa Angélica o por qué detestas esa forma tan absurda que tiene tú padre de sentarse. Un amigo pondrá entre tus dedos la primera droga nicotinosa o te echará una mano con ese problema de álgebra que no termina por salirte. La presencia de un amigo es la vía natural por la que nos hacemos personas, individuos, elementos sociales

Puede que la amistad sea la forma más pura del amor y desde luego es la forma más esencial de aprender a ver al otro. Al que está al otro lado de nuestro yo. Por eso la amistad se rinde cuando la traiciona el egoísmo, cuando la vende el interés y se le ve el forro a la inocencia. Con nadie se siente uno más seguro que junto a un amigo y no hay mayor sensación de abandono que cuando lo perdemos. Por eso, cuando nos llega la hora de las responsabilidades. Ese momento en que los gallegos sabios dicen eso de que: Quien a los treinta no es rico. A los cuarenta: borrico. Que no es otro que cuando nos toca elegir a quienes deberán formar el equipo en el que nos apoyaremos siempre y digo: Siempre, pensamos en un amigo. Cuando llega la hora en que nos toca definir ese perfil, tendemos de manera natural a amoldarlo a las condiciones de quien fue junto a nosotros parte de ese Tiempo al que nos parecemos más que a nuestro padre. La tendencia es llamarle y llevarlo con nosotros. A veces por delante de la sangre, o sea de la familia, porque nos fiamos más, en general.

A eso, se le llama amiguismo. Se le dice de esa manera para indicar la perversión oculta en la acción. Parece que favorecemos al amigo cuando en realidad nos intentamos favorecer a nosotros mismos, descansando parte de la vigilancia alrededor de nuestra poltrona en él, con la seguridad de que guardará nuestras espaldas como si fueran las suyas o mejor. Para ello, obviamos concursos, selección de personal, currículums, etc.

¿Dónde está el problema? ¿Por qué está tan mal considerado? Puede que sea porque tras la elección el asunto solo puede derivar en dos direcciones: O el amigo se cansa de nuestra espalda y nos pasa por la derecha sin mirar el retrovisor subido en lo que ha aprendido a nuestro lado, o se queda junto a nosotros mientas medra a nuestra sombra y abusa. Abusa mientras puede y hasta que puede, que generalmente es cuando alguien le descubre. Y entonces nos pringa junto a él. Puede que directamente nos traicione y se lleve la cartera de clientes o nos quite la novia. Pero también puede que en estos tiempos de penuria, eche una mano, nos suelte alguna cosilla y ayude a mantenernos al margen de Hacienda y la economía oficial. Hoy, puede que sin familia ni amigos, muchos habríamos perdido este nuestro tiempo y ya no habría debate sobre nada que no fuera el silencio de las tumbas.

Los susurros asisten estupefactos al entierro de los suspiros. Julio