El fondo del pozo

La gente sabe que haya ganado o perdido la selección nacional de fútbol, la hora que toca hoy es intentar adivinar cuál es la profundidad del pozo en que estamos. No es un túnel como nos quieren hacer creer los optimistas. Y no lo es porque un túnel es una construcción que nos interconecta entre dos realidades. Un momentáneo oscuro que aunque no nos hayamos quitado las gafas de sol y todo parezca negro, incluso, siéndolo, dejará de serlo. Nos llevará al otro lado de donde estábamos. Nos interconectará entre dos montañas o entre dos barrios de la misma ciudad para dejarnos salvos en el otro lado. Ese, precisamente es el mayor atributo del túnel: que nos lleva a un sitio determinado. Al otro lado. Por eso, cuando entramos en el no sentimos angustia o desazón. Sabemos que la luz vendrá de donde miramos. Puede incluso que la luz, sea, como advertimos, otro tren de frente, pero si somos cautos y vivos, saldremos al otro lado dispuestos a seguir adelante. Por eso los que hablan de salir del túnel o son malintencionados o ignorantes supervivientes de la caja tonta. Y eso que se lo he oído decir a dos premios Nobel.

La gente sabe que nos han dejado caer al pozo y esta es otra cosa. El pozo, artesano o no, es de difícil mesura. Es posible que alguien haya conseguido bajar a la superficie del agua, siempre termina por caerse algo, e incluso, puede que se hayan descolgado artilugios expresos para medir su capacidad, pero de verdad, es difícil saber su profundidad. Entre otras cosas porque estará conectado de alguna manera al acuífero que lo alimenta y por endeble que sea el hilo que los une, no se puede saber exactamente adonde podría llevarnos. El pozo es el símil más tremebundo que se usa para explicar una caída en desgracia, un deterioro mental, una desolación mayúscula, un estado en que nos deja el abandono, la indefensión, el pesimismo mayúsculo. Caer en el pozo es no solo explicar la desgracia acaecida sino la percepción de la dificultad para salir de ella, porque se sabe que es difícil, si no imposible salir del pozo. Por eso, cuando queremos que algo desaparezca lo tiramos al pozo.

La gente empieza a ser experta en agujeros. Lo sabe porque se lo cuentan y porque cada día se pone los calcetines. Cada día con más frecuencia menos pares y cada uno de ellos mas viejecito. Los agujeros son otro de los símiles usados de la miseria y el deterioro, porque todo lo que tiene que ver con el agua, su recogida, almacenamiento y eventual pérdida, se ve aún como la mayor desgracia. No hizo falta nunca que ningún maestro le contara al hombre que está hecho de ella en su mayor proporción y que su vida depende de poseerla. La gente sabe que cuando se termina por usar el término agujero, es porque las fugas detectadas son trascendentes y probablemente conllevarán la pérdida total de lo guardado. Ahora se despierta con el agujero del ladrillo en el agujero bancario del agujero del Estado y se da cuenta que le han dejado su vida como un colador. Y le cuesta comprender, pero más le cuesta perdonar. La gente sabe lo que ha hecho y lo que le están haciendo. Le han tirado al pozo. Y sabe lo que eso significa. Sabe que es muy difícil salir sin que alguien te eche el cubo atado a la cuerda. Oye la tele. Mira el periódico. Escucha la radio. Y no parece que nadie haya oído su llamada de socorro. Porque nadie parece contar con ella. ¡Normal! Demasiado tienen los responsables con promotores, constructores, tratantes de suelo, especuladores y alcaldes dispuestos a corregir un POU. Pero nada es en vano.

Si los testigos enmudecen es que el aire es mentiroso e insonoro. Junio