La hora de las dietas

La gente sabe, porque se lo han contado lo paleo antropólogos, que la clase de primate de la que descendemos, mantuvo el tamaño de su cerebro durante millones de años y que cuando comenzó con una dieta carnívora, aumentó su tamaño cerebral al doble en unos miles de años. La denominada Hipótesis del Cazador enunciada por Robert Ardrey en su libro editado en 1976 (Alianza), propone que el aumento de capacidad cerebral que más tarde nos llevaría al lenguaje y la conciencia es decir al intercambio simbólico, es decir la humanidad, viene de aquella condición predadora. El animal se hace hombre comiendo a los otros animales. La dieta carnívora como principio. Pero eso era cuando andábamos por la sabana y desde ahí, nuestras exigencias fisiológicas no han ido sino menguando por nuestra capacidad instrumental para crear herramientas que nos fueran supliendo en el esfuerzo y elevándonos hasta la cúspide de la predación. Hasta llegar a ser el gran matador.

Pero el hombre evoluciona y en esa evolución un camino incesante es el de cuestionarse lo que le ha traído hasta ahí. El hombre se cuestiona lo que impuso como manera de superación permanente hasta llegar al hombre moderno, ese que ha olvidado porque no lo necesita, que la ingesta de grasa era un seguro contra el hambre y el frío y que ante la eventual ausencia de alimento, era más conveniente estar gordito que delgadito.

Pero el hombre es un animal simbólico, ya lo hemos dicho, y como tal se comporta en función de ese trasvase de signos que le permite estar acorde con su medio y su momento. El momento de ser piadoso con el animal llega desde el instante en que no tenemos necesidad personal de matarlo. Otros lo hacen por nosotros. Hasta el frigorífico solo llega la bandeja de filetes o el pescado bien limpio. Y empezamos a volver nuestra mirada a las plantas, aquellas que fueron nuestra primera ingesta y que por pura eficacia energética sustituimos, preferentemente, como siguen haciendo los demás predadores por las partes blandas del cuerpo del animal cazado. Ahí nace el vegetarianismo, la reivindicación de lo vegetal, ahora que nos lo podemos permitir.

Estamos a comienzos de verano y quien mas y quien menos se empieza a ver en el espejo con la vista puesta en el bikini o el meyba, y las perspectivas, salvo conservar un metabolismo rápido, es la de tener que adelgazar algún kilo que al menos por cuestiones de estética moderna, nos sobra. Recuerdo lo que una vieja aristócrata española, deslenguada e irreverente a sus ochenta y tantos años me decía: “No te equivoques. Ser pobre es pasar frío, porque hambre, la he pasado yo toda mi vida” Las dietas de adelgazamiento llegan a su momento álgido y todos pensamos en ellas de alguna manera. Incluso, algunos como el fondista vegetariano Scott Jurek cuestiona en su libro Eat and Run, la dieta carnívora en los atletas y su trascendencia en el rendimiento deportivo de élite.

Me pregunto si en las bolsas de comida que distribuyen a cada vez más gente Caritas, y otras organizaciones, se vigila el equilibrio dietético como en los comedores de los colegios: No creo. Más bien al contrario se primará la eficacia energética. De todos modos: ¡Cuan flaca es la memoria del hombre y con qué facilidad mira para otro lado sin ningún remordimiento! ¡Qué poco es!

No hubo quien diera una sola uva madura. El hombre es nada. Junio