El país de las tentaciones

LA GENTE SABE que estas palabras no buscan ocuparse de un suplemento de prensa del mismo nombre que este artículo. Puede que como siempre pasa, haya gente de acuerdo y en contra y seguro que otros dirán que exagero, que pongo el dedo en la llaga como es mi obligación, si, pero que también aprieto demasiado. La verdad es que tengo que confesar que siempre que me siento ante el teclado del ordenador para desarrollar estas líneas desde las notas acumuladas en la semana, apenas me veo a mí mismo y cuando me explico en ellas es casi siempre para servir de mal ejemplo o cabeza de turco. No considero esta tribuna, para nada, una atalaya personal.

Sin embargo, y desde mi rigurosa laicidad, hay asuntos píos que me suelen llamar la atención, sobre todo porque cuando escucho las cosas que me preocupan me siento más individuo que persona, más gente que tipo. Y los asuntos píos o relacionados con la fe y la religión parecen revueltos y llamativos y ya se sabe que en esos asuntos cuando empiezan a llamar la atención es porque apestan. Las insidias palatinas del Vaticano ponen los pelos de punta y nos remiten a los viejos textos de los concilios de Toledo que no hace ni diez días tuve el privilegio de tener en mis manos.

Entre lo escrito, se deslizan sensaciones, sentimientos, insinuaciones y sospechas que mueven leyes trascendentales para el ser humano de la época y que transformarán definitivamente su vida cotidiana. Es verdad que los asuntos de la Iglesia ya no tienen en la sociedad moderna la repercusión de entonces, al menos en aquella sociedad de iniciados, alfabetizados y leídos que nos han dejado su parecer en la documentación oficial entre los muros de piedra. De los que vivían en los cobertizos de adobe no sabemos nada. Suficiente tenían con mantener una dentadura decente por encima de los treinta años. Pocas tentaciones reales tenían.

Contempla el diccionario de la RAE, dos acepciones interesantes. “Solicitación al pecado inducida por el demonio” y por caer en: “Dejarse vencer en ella” Y si nos salimos del ámbito religioso para entrar en el de al lado, el social, nos encontramos como casi siempre sucede con los términos religiosos, que la transición de ámbito se realiza con suma facilidad y que la muestra del sentido sirve para el botón del hecho consumado. Este país, donde se inventó aquello de ser más papista que el papa, no parece encontrar la salida del acto de contrición moral en el que está sumergido a causa de las crisis que se le agolpan cada vez que enciende el escaparate de las desgracias, o sea, la tv. Hace rato que la cuestión de la confianza en el país se ha puesto sobre la mesa y eso significa la confianza en la gente de este país, los individuos que son los que de una u otra manera se han visto tentados por aquella máxima maldita del gato negro o gato blanco, pero que cace ratones. La apertura de la veda de las tentaciones en las que se ha caído en esta tierra viene de ahí, de aquella maldita Beautiful People que le nació al PSOE y que estuvo a punto de encumbrar a Mario Conde. Aquella tentación de que todo podía ser más maquiavélico que Maquiavelo. Que la cuestión era llegar a Príncipe. Y desde ahí, todo lo que se podía ver era monte que era orégano, o sea todo beneficio, al margen de todo. Aquellos GAL que también pensaron que lo importante eran los ratones y solo ellos.

El país está vencido por haber caído en tantas tentaciones que el Demonio ha inducido, que cualquier aviso ha sonado a moralina estajanovista. Y ya no hay tiempo. Solo queda apechugar con la penitencia y eso sí: Pedir responsabilidades. La historia les juzgará.

Los cálices desbordan hiel, los santos dudan y nada termina por olvidarse. Mayo