La cuenta de la vieja

LA GENTE SABE que mi padre era contable. Un contable que llegó a ser director gerente de un grupo financiero, industrial e inmobiliario de importancia, pero su profesión era contable. Trabajó muchos años en un grupo farmacéutico en el que llevaba la contabilidad y recuerdo cuando íbamos a buscarle al trabajo que yo me quedaba fascinado con aquellos lápices que de tanto sacarles punta con la navajilla apenas llegaban a medir un par de centímetros y para usarlos convenientemente, mi padre usaba unas conteras metálicas que aplicándoles aquella puntita de lápiz, volvían a convertirse en lápices enteros. Eran tiempos en los que las cuentas, al menos la mayoría, se hacían a mano y recuerdo aquellas ristras de números perfectamente alineados que ocupaban varias páginas y que mi padre sumaba con el rigor, la paciencia y la exquisitez con la que se afanaba en cualquier cosa. Cuando le preguntaba que hacía me contestaba: “la cuenta de la vieja”. Más tarde, en la pubertad, cuando empecé, como todos, a cuestionarme su figura, recuerdo que un día, seguramente con un gesto de desprecio, le dije que me parecía muy reduccionista para una mente y una formación como la suya, pasarse el día entre los números. Él sonrió y dijo: “Si sabes mirar, aquí está todo”.

Siento la digresión de la memoria familiar pero aquellas dos frases, vuelven y vuelven a mi memoria cada vez con más frecuencia. Primero porque en épocas de escasez, hacer bien la cuenta de la vieja es trascendental para que no te quiten el piso. Y sobre todo, porque en ese empeño que todos tenemos por intentar comprender que es lo que pasa que no se levanta cabeza y vemos que a cada paso restrictivo y reformista de los poderes públicos, el mercado financiero, como si nada, vuelve a castigar la deuda y la prima de riesgo (¡qué mala prima!) y sube o sube como la espuma sin que nadie se le arrime, toda explicación termina en la palabra mágica que probablemente sea la más repetida hoy en día en cualquier información al respecto: la confianza. Más concretamente, la falta de confianza. Y uno, que lleva desde el principio avisando que esto es sobre todo un asunto social y no económico, no del todo al menos, no tiene más remedio que volver a la carga a ver si el agua se rebela y comienza a mover molino.

De la diferencia entre bancos buenos y malos, que uno siempre creyó que todos eran malos, hemos pasado a la contabilidad buena y mala y digo yo que en las cuestiones contables pasa como con las musicales: no hay margen. Si la nota emitida no vibra en los 440 ciclos exactamente no está afinada y cuando en música la nota no está afinada esta desafinada, o sea: mal. Pues con la contabilidad pasa lo mismo y al parecer, en este país hemos dejado de lado la cuenta de la vieja, aquella que se basaba en sumar y restar para dedicarnos a buscar refugio a los números malos para que se vean poco. Y claro, nadie nos cree y los que menos los mercados. Constantemente salen a la luz informaciones sobre contabilidades manipuladas que descubren lo que anunciaba el olor. Nada parece estar en su sitio, por eso la afirmación de mi padre de que si te fijabas, todo estaba allí, en la contabilidad, deja de ser cierta, porque allí, no está todo. Más aún, lo más importante no está. Y esa, señores no es una cuestión económica aunque sea contable. Es una cuestión social. Es una mala manera de comportarse. Por eso, no llegan a ser directores gerentes como mi padre, a bordo de su rigor y honestidad. Si queremos generar confianza, hay que cambiar mas allá de la contabilidad. Hay que cambiar los valores. Como aquel castizo: “Las cuentas claras y el chocolate espeso”.

Son razones las que cambian el peso de la historia aunque sea tarde. Mayo