La hora de la caridad

LA GENTE SABE que los tiempos traen sus horas y que del mismo modo que a veces se tiene la sensación de haber vivido con anterioridad los acontecimientos que tienen lugar mientras mantenemos los ojos abiertos, también a veces se tiene la certeza de estar en la maquina del convoy abriendo camino, por delante de los hechos, pero seguros de que en plazo mas o menos largo, se irán confirmando las cosas que se van avistando. La gente somos puro tiempo y es lógico que nos atengamos principalmente a su exigencia, la más rigurosa e insoslayable, aunque a veces, nos propongamos darle un rodeo con parches de quirófano. El tiempo marca más que ninguna otra variable la vida humana pues es la única que sabemos donde empieza y como va a acabar y en la vida individual, mantener esa certeza da para mucho dada la tremenda incertidumbre que rodea la existencia, a pesar del pequeño rato que dura.

Todos los tiempos justifican la historia dotándola de características específicas que representan las condiciones precisas de la vida acontecida. Es curioso como siendo el hombre un parvenu, un recién llegado en términos evolutivos ha logrado dotar al instante biológico que es su presencia en la tierra de tanta diversidad y riqueza que le permite establecer épocas diferentes en espacios que en el conjunto de la vida en la tierra son menos que un suspiro. Puede que sea la idea de la trascendencia la que dota de intensidad a la vida humana y puede que tan solo sea esa infatigable actitud de rebeldía ante el paso del tiempo. Ese afán por permanecer en contra de toda lógica vital.

El caso es que los tiempos, entendidos en su concepto histórico son perfectamente diferenciables para el avistador, sea este sacerdote, economista, artista o sociólogo y a la vez y quizá por ello, contengan características aplicables para toda circunstancia. Por eso, quizá, los dichos populares rara vez aluden al “tiempo” sino a “los tiempos”. El caso es que en cuanto se haya alcanzado una cierta edad y se haya recorrido leyendo, observando y especulando, en seguida se encuentran similitudes con épocas pasadas que puede que no se hayan protagonizado, pero de las que se tiene fiel constancia.

Desde que empezó esta famosa crisis, (por fin le despojan de su apellido “económica”, que la reducía) se está intentando compararla con las conocidas para en esa medida auscultar su fiebre y una vez sobrepasada su comparación con la famosa del 29 y la del petróleo y otras, cada vez se tiene que ir mas atrás pasando las hojas del libro de la historia buscando catástrofes similares como la de la patata en Irlanda o la famosa peste del XIII. Pero el caso es que no se encuentran parangones. Lo que si se sabe es cuales son los mecanismos que se repiten en las horas desastrosas junto a los montones de cadáveres y los campos arrasados. En esos instantes siempre asoma su brazo la caridad. Ese impulso que la doctrina católica hizo suyo, pero que anida en el corazón libre del hombre y que pugna por fundar los movimientos sociales más diversos como los que sustentan la educación del fundamentalismo islámico sin ir más lejos. La caridad que aunque dice el dicho popular que con ella entra la peste va a ser de lo poco que nos quieren dejar por delante. Otras uvas de la ira.

No se sabe si mientras los días pasan las horas se quedan y dormitan queridas en mis brazos. 17 de Mayo