No llores por mí Argentina

LA GENTE SABE que las cosas que le pasan terminan por parecerse a las que no le pasan de forma que muchas veces en al análisis posterior al que obliga la buena conciencia, en conjunto, visto lo que pasó y elucubrado lo que pudiera haber pasado, las mas de las veces dan saldos similares, siempre, claro, en el terreno hipotético que da el comparar los hechos con los deseos. También sabe, por eso, que los deseos llegan a suplantar de tal forma a la realidad que se pueden construir los mayores mitos basados en lo que los demás quieren ver de lo que realmente ven.

Evita. El Mito y el Rito, se llamó un artículo que escribí en un Diario nacional apenas unos días antes del estreno en España, 1980, de la ópera rock Evita, que tuve el privilegio de protagonizar durante casi tres años y que me enseñó tantas cosas. El artículo fue un encargo del director del periódico en cuestión a sabiendas que un servidor conocía de primera mano las cuitas del movimiento peronista y que llevaba mucho tiempo investigando sobre la segunda esposa del Coronel Juan Domingo Perón en una labor de documentación imprescindible para poder encarnar con responsabilidad el personaje de Che en la obra, auténtico pepito grillo de la mártir. Sabíamos que aquello era entrar en un consciente colectivo deslumbrado por la luz del mito y que no era una cuestión resumida en el mundo del espectáculo teatral musical ni mucho menos. Sabía que detrás del experimento magnífico de Rice&Weber, al menos en este país, por detrás del libreto y la partitura, no dejaría de gravitar la imagen de la Reina de los descamisados, que vino a traer trigo a la hambrienta España en 1947, mientras yo nacía. Y así fue. La cuestión de Evita trascendió más allá del palco y nos enredó en un sinfín de idas y venidas entre la demagogia mas populista, embriagadora y torticera y la figura histórica real, que como pasa siempre según se encendían las luces del mito ensombrecía la estatura de la persona.

La imagen de Cristina Fernández de Kirchner anunciando la nacionalización de YPF delante de un gigantesco retrato al natural de Evita, por cierto casi siempre ya, el mismo, y además un daguerrotipo del retrato repetido, me ha hecho recordar aquellas jornadas de análisis, discusión y crítica que desde mi posición ideológica me ponían ante el paredón en otra hora de los hornos. Y estas cosas no son baladís. Cuesta creer que se puedan seguir repitiendo una y otra vez con cualquier excusa y en cualquier ocasión y sigue siendo sintomática la renuencia peronista a seguir ligados a la imagen de la diva.

Todos los países arrastran tras de sí un rosario de convencionalismos que conforman una imagen tópica, casi siempre distorsionada y como todas las generalizaciones, profundamente injusta. Y es cierto que son los voceros del pueblo los que de manera más definitiva contribuyen a crear aquellas imágenes por las que luego será apreciado o despreciado el pueblo en cuestión, pero al fin y al cabo como hubiera podido decir Parsons: La acción es una representación ante los demás antes que una manifestación de la propia conducta. Y las cosas terminan por verse antes que otra cosa. Y las imágenes como se suele decir: Hablan por sí solas.

Me temo que a la enorme y global emigración argentina que justamente ocupa, en general, lugares destacados en la escala social por todo el mundo y que lucha denodadamente por integrarse en las sociedades en las que labora, se le viene encima una tarea inesperada, de nuevo, para explicar las cosas que siguen sucediendo en su país que a veces parecen estar más en lo que se desea que suceda que en lo que en realidad sucede, alentadas como siempre por los chantas de toda la vida. Los que luego esconderán la mano o citarán a Santos Discépolo.

No hay lugar para que los sueños dejen de parecerse al sueño. Abril