La Cultura en el diván

LA GENTE SABE las cosas que sabe porque los que han vivido antes que ellos en esa tierra, se han preocupado de mantener el manual de instrucciones heredado vigente, lo que les ha significado el esfuerzo pertinente del agiornamento. Se han incorporado al manual las novedades descifradas que le permiten seguir estando vigente para las generaciones venideras. Se trata de un compendio de estructuras de comportamiento normativizadas que sirven de catálogo de auto ayuda a quien lo comparta. Le transfieren los datos observables y las posibilidades auguradas. Plantea las situaciones experimentadas de manera que puedan usarse a modo de plantilla con las que se puedan plantear y así, por contraste, conducir al novel en la experiencia prevista. A veces sirve también como guía del otro mundo. Un conjunto de suspicacias espirituales tendentes a proponer la mejor vía de salvación en el caso de que el usuario crea en el más allá. De la misma forma, aconseja la mejor dinámica a seguir para hacer botijos, comportarse en una reunión o saber porque uno es como es y se comporta como se comporta. Hablamos de la Cultura. La gente que se conforma cree que la cultura tiene más que ver con la estética de la acción superflua y con los mecanismos diversivos, aquellos que nos permiten relajarnos ante la pantalla del televisor o en las páginas de e-rider o incluso en los auriculares de ipod. Pero no. La Cultura, con mayúsculas siempre tiende a la trascendentalidad. Digo más: Es pura trascendencia. El concepto de cultura tiene mucho más que ver con los valores que puedan trascender a quien los compila y define con el objetivo de que puedan ser manejados por sus descendientes de forma que haciéndolos generalidades observables y definibles, puedan terminar siendo la suma de valores que definan a la comunidad de usuarios de esos valores, que permita por ello determinar sus pautas de comportamiento en una imagen colectiva que pueda identificarles como colectivo representativo de esas pautas culturales.

Es verdad que el término cultura abriga tantas interpretaciones como quien se pare a interpretarlo. Quien vea en ella el catálogo de banalidades esteticistas que le provoquen, como quien vea la señal del mercado como gurú perfecto para señalarle aquello que pueda satisfacerle al margen del trabajo. La novela de moda, el disco conveniente, la obra de teatro que se impone o la película premiada, aunque apenas sirva para degustarla, digerirla y evacuarla.

La Cultura es sobre todo cambio y con ello inconveniencia histórica hasta que sea aceptada y deje de ser acción para convertirse en decálogo de la vanguardia pertinente, aunque en ese momento ya sea todo menos motor de cambio y por ello su capacidad trasgresora, destructora de lo establecido se haya visto disminuida por su capacidad de aceptación. En nombre de ese cambio de esa acción se invocan muchas de las prácticas aceptadas como culturales que no son sino ademanes oportunistas para sustentarse en la modernidad, seguir siendo vigente y aceptado. El fin de la cultura es anunciado renuentemente. Cada vez que los recortes y las subvenciones nos llegan, la sensación de fin de ciclo se repite, pero es que la gente, alguna gente sigue creyendo que la cultura cabe en el botijo. Pero en realidad siempre es al contrario. Es el botijo el que cabe en la cultura.

Se escaldan los versos en los poemas y no salen de los renglones. Abril