Lo que nos queda por ver

LA GENTE SABE lo que dicen los viejos, lo que han contado de lo que han visto, que a veces no es todo lo que han visto sino lo que recuerdan o revelan. Los viejos han visto lo que han visto al margen de su condición. Quiero decir que da lo mismo ser doctor universitario que cabrero, ninguna condición da para mirar más lejos ni quedarse más tiempo mirando. La vida discurre y decide cuando nos toca cerrar los ojos, que por otra parte es la manera más absoluta de relatar el tránsito último: Cerrar los ojos. Dejar de ver. Y la gente sabe que no hay medio más contundente de conocimiento que la mirada interesada, la que desea ver. Cuando el hombre mira, ejerce la voluntad misma del conocimiento, descubrir para conocer. La mirada es para el ser humano la vida misma, por eso tiene tantas expresiones reveladoras como “dejadme verlo” “Ya veremos” “Habría que verlo” “No lo veo” “Míralo de este modo” “Ya se verá” etc. Etc. Parece que aquel aforismo de que ojos que no ven corazón que no siente, resume en sí mismo la trascendencia de la mirada humana.

¡Lo que yo he visto! Hemos oído decir al abuelo los que hayan tenido la suerte de tenerlo y con ello quiere decir la cantidad de cosas que conoce, que ha protagonizado, en lo que ha servido de testigo. Las veces que le ha tocado el acto en que tuviera que intervenir. Y en casi todos esos relatos una constante se repite casi con la misma frecuencia y exactitud: Las cosas se cuentan en pasado no solo porque temporalmente, históricamente lo fueran sino porque son extemporáneas. Suelen ser cosas que sucedieron y que al contarlas parece que solo evocadas tienen posibilidad de ser conocidas porque no parecen contar con posibilidades de repetirse. Son las cosas de los tiempos que cuentan los abuelos cebolletas. Obsolescencias históricas que nos resultan curiosas por su excepcionalidad en la comparación con la vida que vivimos. Batallitas que enmarcadas en su periodo de vida nos parecen graciosas aunque la mayoría retratan situaciones de inferioridad material y espiritual con la vida de hoy. Asuntos ligados a la precariedad, la miseria, la ausencia de medios generales, la ignorancia, etc. Temas propios de su tiempo y que nunca volverán.

¿Nunca volverán? Los agoreros que somos los sociólogos no lo tenemos tan claro. No creo que hoy se pueda asegurar que situaciones superadas hace décadas, archivadas en la memoria del pre desarrollo, no puedan de pronto venir a repetirse. La cuesta abajo económica va levantando las aguas sociales de forma que los dineros presentan su cara humana y las cuitas van de los bolsillos a la cabeza como los asuntos del corazón, con la misma celeridad y gravedad. Toda crisis económica no lo es solo ni mucho menos y de pronto nos enteramos por ejemplo que los seminarios comienzan a levantar cabeza y los seminaristas aumentan. ¿En busca de formación y manutención pagada y empleo seguro, estable y duradero? Seguro que no. O al menos, seguro que no solo. Pero la realidad puede parecerse a las épocas en las que el primogénito se quedaba en el caserío, el segundo iba al ejército y el tercero a la Iglesia. Se parece demasiado diría yo.

¿Cuánto nos queda por ver? Porque parece plausible que los límites establecidos por los políticos que de “ninguna manera” se verían traspasados, los vamos dejando atrás casi cada día, y si no se va hacia delante, no queda otra que volverse hacia atrás. Puede que lo que nos quede por ver se parezca demasiado a lo visto y que por nuestras culpas estemos obligados a repetir un pasado sin cerrar. Hoy la gente de este país estamos de huelga y muchos motivos nos llegan por detrás.

No hay suspiros en los que quepan las quejas perdidas. Marzo