La Investigación en su Chiringuito

LA GENTE SABE de lo que alcanza a vislumbrar y de lo demás, lo que se cree. Hay asuntos que el individuo que usa el transporte público para llegar al trabajo y que apenas lee otra cosa que los diarios gratuitos, conoce porque en algún instante de la tarde o quizá en algún resumen del fin de semana, alguna cadena televisiva le acerca a lo que les interesa, que no es otra cosa que aquello que pueda reclamar la atención de la audiencia, sea por la circunstancia que sea. Bien por su carácter novedoso, por su contenido escandaloso o simplemente porque la presentación dramatizada de los hechos, les convierte en escenas de un relato audiovisual tan conspicuo como un film de cine negro y tal como aquellos, poco importa su conexión con la realidad objetiva si obtienen el beneplácito del público. Porque no se equivoquen: Aunque les parezca que uno a uno pintamos poco, todos juntos somos porcentajes decisivos.

De entre los asuntos que el cotidiano ciudadano anónimo tiene fuera de su alcance, como es lógico, por ser asuntos de elite intelectual y científica, son las cosas de la investigación científica. Sabe de ellos cuando los dominicales de los grandes diarios se dignan contar lo vulgarizable de alguna investigación en curso y poco más. Los más avisados recuerdan el nombre de algún científico que bien por el carácter de los asuntos que domina o bien por su don comunicador suelen estar algo más citados en los medios. Hay científicos que han logrado ser famosos entre la gente corriente contando lo que ni siquiera sus pares pueden entender con facilidad. Porque las personalidades y sus relaciones con el vulgo, siguen siendo parte del misterio de la comunicabilidad humana. Y si no recuerden a Albert Einstein, científico que puede ser nombrado por la mayor parte de la población mundial, que sin embargo, no tiene ni pajolera idea de lo que investigaba ni lo que lograba con sus teorías. Puede que les bastase con su físico peculiar, sus manías y su vida pública y privada publicada.

Lo normal es que tanto la investigación como los investigadores estén al margen de la vida pública y se pasen el día anónimamente, de paseo por su metodología concreta y sus dificultades presupuestarias. Conozco a muchos, pues sigo siendo modestamente uno de ellos y me consta la tarea off proceso que se/nos vemos obligados a hacer para mantener la dotación que nos siga permitiendo asomarnos a las hipótesis que gobiernan el quehacer investigador. La tarea es ardua pues las veces en las que las investigaciones dan en algún provecho concreto e inmediato son bastante pocas. Las más de las veces solo alumbran nuevos caminos de experimentación para proseguir en la persecución de los objetivos planteados que no posibles. Y así continuamente. Por eso, en general las cosas de la investigación no suelen salir de los pequeños y especialísimos espacios universitarios en los que los investigadores se debaten entre la precariedad y el favoritismo y donde la lucha por alcanzar una beca determinada que nos permita seguir en la senda planteada en la que estamos convencidos encontraremos respuestas a los planteamientos originarios, se torna a veces una cuestión personal. Pudiera parecer que los investigadores se ocultan sus yacimientos de fondos entre sí con el celo con el que guardan los teléfonos de los clientes las meretrices o los vendedores de corbatas. A veces, las disputas creadas entre investigadores por estas cuestiones tienen mayor virulencia que las propiamente científicas, que también. Y eso empuja a guardar con celo rabioso el chiringuito y a que alguno, al abrigo de la opacidad, se atribuya méritos inalcanzados. Eso sí. Lo afirmo: si supiera la gente cuantos de los que firman artículos científicos de nivel no han leído una línea del asunto. Se caerían de culo. Pero claro. Están en el machito y cobran peaje.

Cada especulación es un sueño marginado que enseña a respirar. Marzo