La moda

LA GENTE SABE que a cada época le toca tener en cuenta según qué aspectos de la vida de los comunes que en otro momento ni se asoman a la consideración civil. En cada momento histórico, emerge de las profundidades del comportamiento social una clase de común asentimiento y aceptación de tal o cual cuestión y la mayoría de las veces, no se sabe ni cómo ni por qué. Se trata de la visualización pública de un mecanismo muy complejo por el que una acción social, o un aspecto material de la vida común comienza a generalizarse de forma que se convierte en moda. La sociológica. Por eso los sociólogos desde que andamos por la profesionalidad, nos hemos devanado los sesos en la búsqueda de las pistas previas a esa explosión social. Pocas cosas de nuestro quehacer quedarían mejor compensadas, incluso, económicamente que el que pudiéramos anticiparnos a ellas pues eso significaría que pudiéramos intentar influir en ellas antes de que se manifestaran. Pero de momento, los cazadores de tendencias siguen deambulando por el limbo de las sensaciones desarrollando su olfato ante los signos como los perros con las trufas. Por instinto. Los demás, los que hemos escrito Tesis y aprobado oposiciones, nos tenemos que conformar con la acción de analizarlas mientras ocurren y sobre todo, una vez que han pasado. Cómo los forenses sociales que somos.

Cualquiera puede pensar que el asunto de la moda es un hijo del mundo hipercomunicado en que vivimos hoy y no andaría lejos del asunto, pues tendría razón en que su universalización es mayor y más rápida por ello. No; sin embargo, su origen y su potencia de instalación social como creencia primero y vigencia después.

Las modas son consuetudinarias con la sociedad civil, con la expresión más o menos libre de su personalidad, sus gustos y sus manías. Se propagan como el viento e inundan de igual forma las sociedades pre históricas como las de la información. Tiene la misma potencia entre los guerreros (sic) masai, que entre los ejecutivos de Wall Street. Y se manifiestan con la misma vigencia en las formas de vestir o calzarse como en los gustos. Aquello que se decía de ¿Dónde va Vicente? Donde va la gente.

Nada se sabe de lo que hay detrás de la moda. No es posible saber si triunfará una u otra falda o una u otra película o una u otra conducta. La moda es, desde que se manifiesta, y es tan vertiginosa que enseguida se hace mayor y universal, es dificilísimo entreverla en su primaria naturaleza y se puede decir que casi cuando la percibimos es cuando empieza su mutis por el foro, por tanto, aunque no dejemos de intentarlo, nos conformaremos de momento con al análisis de su impronta y el de su herencia.

Analizar la impronta de la moda es como subirse a un tren en marcha. Un ejercicio difícil y arriesgado que pocas veces nos permite racionalizar el salto pues casi siempre sus manifestaciones nos sorprenden y asombran. Ese es su carácter propio. Su sino. La mayoría de las veces nos somos capaces de ver pretendidas objetivaciones en ella. En su manifestación, en su vigencia social vertiginosa no caben razones.

Nos queda, eso sí, el análisis posterior en el que puede que seamos capaces de identificar, siempre tarde, algunas de las condiciones previas que justifican en parte su prevalencia temporal. Es curioso que al ser humano siempre se le den mejor las necrológicas que los prólogos. Puede que sea porque se siente más liberado en aquellas que en estos. De cualquier manera, hay pocas manifestaciones sociales donde se pueda ver mejor a la gente que en la moda. Uno de los pocos poderes magníficos que aún no se ha podido hipotecar por los otros.

Hay olores que pintan cuadros con paisajes como sueños que sospechan vida. Febrero