La justicia si es política no es justicia

LA GENTE SABE mucho de justicia, porque le cuesta tenerla. Históricamente, siempre ha estado para otros, pero menos para la gente. La justicia es una instancia suprema a la que es difícil llegar y muchas veces, cuando se consigue, cuesta encontrarla. Muchos de nosotros tenemos ejemplos de cómo cuando la hemos buscado, se ha ido hacia atrás cada vez que nos acercábamos para finalmente, como un espejismo, dejarnos en medio del sentimiento, solos y abandonados a nosotros mismos, atisbando alguna sonrisa retorcida asomándose por las montañas de legajos. Nada está más lejos ni es más difícil de encontrar que la justicia. Porque siempre ha estado a la orden política. Lo fue con las dictaduras y lo sigue estando en las democracias. Con las primeras porque solo llegaban a ejercerla los que más cerca estaban del Régimen. Aun cuando pudieran ser grandes juristas, no dejaban de ser hombres del poder omnímodo y por ello, injustos en su quehacer, profundamente injustos por cuanto el proceso de sus actuaciones venía desde su origen manchado de arbitrariedad, sumisión y cobardías múltiples. La sola cosa a tener en cuenta era su paradójica esclavitud e inoperancia. Todos los tribunales y juristas de las dictaduras están recusados por la historia, aunque la vida les haya permitido ejercer en democracia.

Pero la democracia moderna, no ha sabido solucionar el problema de la justicia, puede que porque en el fondo, al poder, del tipo que sea, no le interesa solucionar las cosas de la justicia, lleva demasiados siglos habituado a que se recurra siempre a él para que otorgue, saltándose la justicia. La democracia moderna ha reservado asiento de primera fila para el audiovisual de la historia para todos, menos para la justicia a la que sigue reservando un hueco en el limbo de la arbitrariedad.

El discurso político es el que hace amanecer o anochecer en el cielo de la justicia. Los partidos políticos de izquierda pretendiendo reservar los asientos de los jueces a los que se le asemejan con mejor celo y los conservadores pretendiendo dejar que cada cual busque su silla, sabiendo que la mayoría de los jueces son conservadores y eso, le viene bien.

Mientras, las primeras páginas de los periódicos del mundo nos sacan los colores con los procesos inexplicables y las instrucciones escandalosas. Y las tumbas se siguen quedando solas, abandonadas a su ignominia y anonimato. Las víctimas no cuentan. Nunca contaron. Son cifras, a veces, ni siquiera reconocidas que como se oye demasiado a menudo: “mejor dejarlo como está”

La gente, sigue buscando justicia y puede que sea el asunto como la libertad, que todo esté en el camino y que no hay ningún lugar al fin del camino con ese nombre, puede que ni siquiera haya un final del camino. Puede que la gente termine por cansarse en la búsqueda y convenga en que pedir lo inexistente solo es otra quimera más. Puede incluso que salga a la calle en masa a indignarse por ello, que convoque manifestaciones, que se pinte la cara y enarbole las fotos de los represaliados, aquellas fotos sepia que huelen a muerte y a muerte. No. La justicia no la representan los partidos políticos, ni los jueces, reside en el pueblo, en esa gente que se hastía de ver pasar la dignidad siempre de paso por delante de su ventana sin que jamás llame a su puerta y que solo pueda soñar con ella, no sentirla como parte de su existencia.

La gente necesita poder desnudar el sistema político para ver la intimidad de los abrazos perdidos entre tanta desidia, interés e ideología moribunda. Es necesaria una refundación de las libertades y algo de decencia, porque se corre el riesgo de creer que la política en si es su propia praxis y eso sería aún más peligroso. Necesitamos hombres justos.

Toda tormenta es teatro envanecido como verso culpable. Febrero