La sangría afgana

LA GENTE SABE de sangrías. Lo sabe porque es superviviente y ha pasado por tantas cosas, bien en carne propia o bien en los largos días de invierno junto al fuego, que se sabe todos los cuentos como decía León Felipe. Se lo sabe de sobra y sin embargo, sigue aceptando, animando y desde luego apoyando, por activa o por pasiva a los políticos que la siguen manteniendo en riesgo y mantienen la sangría.

Las misiones humanitarias como injerencias que son (ya hablamos de ello) se ven envueltas de forma inevitable en las disputas en que las partisanías del lugar encelan las noches oscuras del fanatismo. Los soldados en misión humanitaria que patrullan las carreteras desconocidas y hostiles por las que transitan grupos desconocidos y hostiles se enfrentan irremediablemente a las balaceras partidistas, por estar en medio.

La extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas tuvo allí su único fracaso estrepitoso y eso teniendo en cuenta cuatro asuntos de extrema importancia. El primero, es que los métodos que los soviéticos pudieron utilizar en su ocupación no estaban sujetos a ningún control internacional, ni rendían cuentas a ningún decálogo de derechos humanos, ni infrahumanos. Tuvieron las manos libres para hacer lo que les pareció, con lo que eso significa. Pero fracasaron. El segundo asunto es que llegaron con una experiencia acumulada en territorios similares con problemas similares, pues llevaban años viendo el resurgir del islamismo violento en las entonces repúblicas soviéticas del entorno de Afganistán. Todos los “ …..tán” eran soviéticos. Llegaron avisados de lo que se encontrarían y entrenados en geografías idénticas, conocían la respuesta que su equipamiento podía tener en la ocupación, la naturaleza de las necesidades logísticas. Y fracasaron. Como tercer punto, los rusos, como se les dijo repetidamente, no lo eran, o si lo eran debió de ser en una muy pequeña parte. El grueso de las tropas soviéticas eran soldados de origen “…….tán”, muchos de ellos hablando la misma lengua, profesando la misma religión y comportándose exactamente igual que su enemigo a batir, salvo, quizá el asunto de los grupos étnicos y su complejidad a pesar que lo conocían bien. Por último. Los soviéticos se jugaban el bigote en el envite. Frenar el avance del islamismo extremista era para ellos una cuestión de supervivencia como Estado. La amenaza de desmembramiento como después se pudo comprobar cuando al antiguo régimen cedió era mucho más que cierta. Pusieron toda la carne en el asador como se dice. Pero fracasaron.

Y la sangría afgana continuó. Los grupos étnicos, empeñados en una lucha en la que, no por muy cercanos que vivan los enemigos, dejan de estar tan lejanos entre sí como sus cuitas, no dejaron de matar y matarse sin piedad ninguna.

Después, ya se sabe, vino la misión de Naciones Unidas a desbancar al gobierno talibán en la esperanza que los demás lo agradecieran y se pusieran de la parte de los derechos humanos, la democracia, el estado de derecho, la separación de poderes, la libertad de asociación e información. Etc. Pero después de un enorme número de muertos de las fuerzas internacionales se ha visto que la sangría no se detiene. Las supuestas venganzas no están ni mucho menos cumplidas. Los intereses políticos, económicos y hasta los religiosos, hatillo en el que de manera artera disfrazan todos los demás, son enormes. El siniestro juego de sokatira en el que todos parecen interesados en continuar no parece tener fin.

Mientras, unos cuantos militares recluidos en contenedores-vivienda, cuentan los minutos que les quedan para regresar, soñando, no con que gane el Atleti, o con que su pequeño hijo les reconozca al volver, no esperan que les toque un décimo de lotería o que sus familiares del paro encuentren trabajo. No. Solo sueñan en que no estalle a su paso el artefacto que les pueda sumar a la inacabable lista de la sangría. Ya es hora de que vuelvan. Hace mucho que el tiempo allí, se ha acabado.

Cubre el polvo la sangre como la luz el agua. Inútilmente. Enero