Ni se muere padre. Ni cenamos

LA GENTE SABE cosas como el resto de los elementos naturales, porque la vida se le acumula como se acumula la nieve en las gargantas en invierno, las aguas en primavera o el odio en los corazones, simplemente, porque la principal característica del individuo es su capacidad de trascender. En su propia vida le caben muchas más, las de los que han vivido antes que él y las de los que la están viviendo a la par de él. El individuo aprende, memoriza y aplica el conocimiento cuando toca, como le pasa a quien esto escribe. Recuerda la frase dicha por el amigo Santiago Ballesteros, manchego a más no poder y la frase, de esa contundencia tan especial que cuentan las cosas de esa tierra tan desmanada, que fue capaz, no de dar a luz al Quijote, sino sobre todo alumbrar a Sancho. El hombre-sentencia, tan cabal y sencillo como el pan o el tocino y tan vital como ellos. “Ni se muere padre, ni cenamos” repito, cada vez que las cosas se encallan sin remedio y su enrocamiento se independiza de nuestra acción, de forma que no nos es dado intervenir en la secuencia de los actos, en el devenir de los acontecimientos y, de la misma forma que el dicho popular advierte del hecho incontrovertible de no poder intervenir con el moribundo, a la vez, la propia dinámica de los hechos nos impide satisfacer la necesaria, imprescindible función de la vida que es alimentarse. Cualquiera pudiera pensar que se trata de un dicho cruel y desafectado, pero nada más lejos de la realidad, lo que sucede es que pinta las cosas de su color y llama la atención de la situación que como la misma duda, “ni pa adelante ni pa atrás”.

La cuestión llega al pelo de la esperada y requeté anunciada ley de mecenazgo. La solución avistada de esa situación inmovilista en la que se mueve la cultura de este país mientras se muere, mientras la matan, en esa situación entre el mecenazgo y la subvención. Ni una cosa, ni la otra y mientras: sin cenar.

La cultura española, como la de toda Europa, se debate por sacudirse los polvos del sistema de subvenciones que la mantienen viva ante los embates del mercado. Se trata de un bien inalienable, de valor vital, pero de frágil salud. La cultura o como diría René Bonnell: “la economía de lo inútil” en el sentido económico del término, no tiene capacidad de superar las limitaciones que impone la subvencionalidad. El amiguismo, el egocentrismo, las tribus, las “Bodeguillas” etc. No es capaz por sí sola salvo en tan contadas ocasiones que vienen a confirmar la regla de enfrentarse al mercado cultural universal. Siempre palma. Son las lacras que lastran, emponzoñan, subvierten e imposibilitan su competitividad. El Estado es el peor promotor.

Por otro lado, la cuestión del mecenazgo viene a meter a la zorra en el gallinero. El interés empresarial siempre es parcial como es lógico, y busca en la cultura la mejor manera de deshacerse de colgajos de impuestos sin perder la vista su personalidad inversora interesada en el beneficio y su dependencia indisimulada de las tendencias más comerciales de la cultura, con lo que viene a suceder que esta, solo llega a ser posible si se atañe mas a la demanda cultural de los grandes gustos establecidos que a la verdadera e imprescindible creatividad independiente investigadora. Aquella que apuesta la inteligencia en la innovación.

Pero ni se muere padre, ni cenamos. Las mareas de los intereses políticos partidistas se ocupan de acercar el barco de la cultura a la costa con el riesgo de encallar, como si la inoperancia creativa y la cutrez medioambiental no fueran ya suficiente razón para morir. En cuanto se apruebe la ley, veremos si podemos pensar en cenar. Eso sí. Siempre que quede algo en la alacena.

Todos los asesinos tuvieron su artista de cabecera a rancho. Enero