Estructuras familiares y socialización

LA GENTE SABE que hay cosas que aprender continuamente porque no paran de cambiar y que la continua adicción del ser humano al progreso conlleva cambios que conviene acostumbrarse a ellos lo antes posible. Se supone que desde el punto de vista social, somos los sociólogos los científicos adecuados para estudiarlos, y explicarlos, pero no está tan claro. Una vieja amiga de mi madre que me preguntó que estaba estudiando cuando recién empezaba la carrera en la Universidad, exclamó cundo le dije: Sociología: ¡Hijo, que difícil! Entonces creí que se refería a aprobar las asignaturas del plan de estudios, pero luego comprendí que se refería a la práctica profesional y la dificultad mayúscula del objeto de análisis: el hombre. Aunque quizá por eso, los sociólogos tenemos suerte. Nuestro objeto de estudio no para de ser otro.

Todas las estructuras sociales en las que el hombre se ha organizado y se organiza en todo el mundo, tienen una prioridad por encima de las otras: La socialización. Es lógico, se trata de auscultar, diagnosticar e implementar el proceso de clientelismo que le asegura al sistema su renovación y mejora con nuevos miembros que se saben la cuestión. Conocen las normas, admiten los límites y están dispuestos a integrarse. Después vendrán las preocupaciones sobre conflicto social, conducta anómica, etc. etc. Pero de momento, lo que importa es el proceso de adecuación del individuo, el niño, y después joven al sistema. Y para ello, todos los sistemas cuentan con la misma herramienta básica: La Familia. Que constituye el laboratorio imprescindible en el que se sigue el proceso de cerca. De ahí la importancia que se le otorga, sea en la forma que sea. La Familia asegura el máximo control posible sobre el proceso, nada más cercano que las operaciones asociadas a los mecanismos básicos de la vida, como la alimentación, el sueño, el lenguaje o la protección.

En la historia social de la humanidad, que es otra redundancia, podemos identificar un buen número de formas familiares diferenciadas, desde las más tradicionales a las más novedosas y algunas experiencias muy implantadas y desarrolladas durante años y años como los Kibutzs en Israel. Pero insisto: en todas ellas la búsqueda primordial es el mayor control posible del proceso. Y eso, en sus diferentes formas se ha mantenido durante años en las sociedades modernas asociado a los papeles principales, representados por la figura del Padre asociada al universo de valores masculinos y la de la Madre, asociada a los valores de la feminidad y cada cual se fue preocupando de aportar su material, entendido como complementario, para el mejor desarrollo del socializante. Esta premisa se basaba en la idea de la diferencia entre géneros y su complementariedad. Hasta que se puso en duda y se echó por tierra. La igualdad entre sexos, que hoy parece que vuelve a situarse en el centro del debate, trajo junto a la maravillosa conquista de plenos derechos de gays y lesbianas, la aparición de estructuras familiares con dos padres o dos madres y con ello, volvieron a hacerse patentes los viejos temores y dudas. A ellos, para complicarlo algo mas, cada vez son más frecuentes estructuras familiares mono parentales. Y el sistema social se tantea la ropa porque sabe que en ese campo se juega la trascendental batalla del futuro social. Novísimas investigaciones de psicólogos eminentes vienen a reforzar la teoría de las dos naturalezas humanas distanciadas al parecer mucho más de lo que se creía y que aseguran además “que la mayoría de los rasgos de personalidad tienen efectos importantes en el comportamiento sexual y como padres de los individuos….”

El largo camino en la investigación científica entre intuición y prueba se muestra aquí aún más arduo y seguramente, como decía la amiga de mi madre: ¡Hijo, que difícil!

Los rasgos se confunden con los astros. Tan lejanos y desconocidos. Enero