Saber ganar

LA GENTE SABE que cuando toca ganar es más difícil gestionar el triunfo que cuando toca perder, para lo que hay mayor protocolo y mejores herramientas. La gente lo sabe porque a todos nos ha tocado varias veces una cosa y la otra y aunque solo fuera por estadística y por repetición, por mímesis, el hombre puede llegar a aprender.

Cuando la gente saborea la derrota, aparecen de forma milagrosa los mecanismos de superación aunque sin duda, los primeros momentos suelen ser los más duros y todo parece que no será capaz de sacar la nariz del lodo del abatimiento, del gusto amargo del fracaso, de la miseria del vencido. La derrota es en sí misma una posibilidad de dejar de ser derrotado alguna vez. Nadie parece ser capaz de solo fracasar. Por otro lado, la derrota es una manera extraordinariamente eficiente de conocer los mecanismos de la contienda en que se está envuelto. Siempre se ha dicho que se aprende más de ella, o de ellas. Puede que, incluso quien esto escribe, tenga razón cuando repite a sus alumnos aquello de que la mejor manera de aprobar un examen es haberlo suspendido con anterioridad. Sin embargo, la derrota es un punto de inflexión. Un cierre en cualquier caso. Quien compite, lo hace por la victoria y para ella se prepara. Durante el combate, se ensayan los procedimientos que nos llevarán al éxito y las medidas que tendremos que tomar como vencedores son las que ensayamos sin tregua. Cuando la derrota nos apea de ese posibilismo, el batacazo en sí mismo un máster sobre el asunto errado y de ello, solo queda sacar las conclusiones precisas para intentarlo de nuevo bajo la lupa de la corrección. La experiencia, pasado el mal trago, solo termina siendo beneficiosa.

Con la victoria, las cosas pasan de manera diferente. En primer lugar los sueños tampoco se cumplen pues, rápidamente, las famosas rebajas del Tío Paco, se empiezan a asomar por todas partes en cuanto se empieza a conocer el nombre del vencedor y los deudos, empiezan a aparecer por los alféizares reclamando lo suyo, es decir, aquello que cada cual considera que debe ser su parte del botín. Y como siempre sucede, naturalmente, la suma de todas las expectativas excede por mucho lo que se pueda repartir. Pero además, el éxito, es una medicina que resulta también muy difícil de tragar, pues en él, acecha la decepción como un viejo fantasma que reclama su parte. El vencedor, debe, sobre todo, administrar la victoria empezando por el mismo lo cual es una de las cosas más difíciles de la vida pues está claro que la autocrítica, como la letra, solo con sangre entra.

El nuevo presidente del Gobierno de este país acaba de hacer pública la composición del gobierno de la victoria. Aquel que tiene la misión de gerenciar el éxito electoral en medidas y acciones públicas y, naturalmente, a cada cual le corresponderá una cuota de insatisfacción igual a la distancia que media entre lo posible y lo probable. Entre lo que se quiere hacer y lo que la final será posible realizar. Seguro que lo tienen ensayado desde las jornadas de traspaso de poder. Esas en las que se muestran las carpetas de la verdad. Las que contienen lo mollar, que no es otra cosa que lo administrativo y no lo político. A pesar de ello, a todos ellos, les queda el deber de administra el éxito como si no hubieran vencido pues, de lo contrario solo encontrarán a su alrededor la sonrisa de la adulación que es la enviada del fracaso.

La suerte es un viento, por eso recela de todo. Diciembre.