La Europa de los cristales rotos

LA GENTE SABE porque recuerda. Cuando eso sucede en la mente de la gente, vuelve a poner frente al consciente las experiencias pasadas en el mismo orden, nivel y lenguaje en el que sucedieron. El recuerdo es agua que se ahoga en la garganta decía el poeta pero es mucho más que eso. Es lo que vuelve a ser. A ser de nuevo. Por eso cuando se recuerda la Reichskristallnacht, aquella famosa noche de los cristales rotos en la que se terminó de consumar el peor de los instintos del hombre: la xenofobia, se vuelve a temblar. El odio por el desconocido, ese otro lejano y diferente que se sigue viendo inferior pero tan peligroso en potencia que anima a tomar medidas de “autoprotección” es recuerdo que nada en la garganta y llega a la orilla para dejar una estela de temblores y escalofríos que no apaciguan los buenos sentimientos. Aquella noche terrible en la que se desató la violencia contra los judíos, sucedió en Alemania, sin duda, pero podía en aquella altura haber podido suceder casi en cualquier país de la Europa culta. Eran tiempos de grave recesión económica, de hambre y privaciones de las que no parecía encontrase manera de salir. Una miseria anunciada a la que no se veía solución y que solo en las ideologías populistas parecía encontrar acomodo. Ideologías nacional socialistas que tenían casi todo de lo primero y casi nada de lo segundo y ya se sabe que cuando las ideologías comienzan a mirara para adentro se asemejan a los sentimientos y caprichos del corazón más que a los procesos de conciencia.

La gente vive y deja vivir sin mirar demasiado a su alrededor hasta que le empieza a faltar sitio y entonces comienzan los codazos las miradas y los gestos que previenen sobre lo que está sucediendo dentro de la gente y en cualquier momento puede suceder fuera de la gente.

Los procesos anunciadores de la xenofobia no logran desaparecer nunca del todo, es cierto, pero mientras hay alpiste para todos se toleran mejor los acentos, el color de piel, la religión, las costumbres o los ropajes y tocados. El asunto se complica cuando la manduca se escabulle y la necesidad asoma su fea cara por cualquier sitio que se mire y con el odio pasa como con el agua: siempre busca su camino más afable para salir por el lado más débil. En las sociedades europeas desarrolladas del euro: por la inmigración.

Las señales se identifican antes que la sangre llegue al río pero se necesita que eso suceda para que se empiecen a levantar voces admonitorias. Se siente venir. Las protestas civiles terminan a veces por encontrar con demasiada facilidad al culpable de todo y demasiadas veces ese culpable es el extranjero que pretende ocupar nuestro lugar al que ese sentimiento popular pervertido culpa de nuestras cuitas y considera que le privilegiamos demasiado. Los gitanos saben mucho de eso, pero a ese pueblo de cultura milenaria, se le han unido en los últimos tiempos otros muchos a los que la necesidad ha empujado irremisiblemente a las playas de la opulencia fingida.

El otro día era una rafia anti gitana en Turín, otra más en esa tierra, cuna de la libertad, ayer era en Florencia, donde parece que nada que no sea elevado pueda darse. Pero no parece que vaya a contenerse así como así. En algunos pueblos de este país golpeado por el desánimo, se empiezan a detectar sucesos de violencia xenófoba que aún no se cargan ni disparan pero que pueden llegar a ello. ¿Y qué tenemos que hacer? ¿Cómo se puede parar? Pues creo que solo puede hacerse abriendo las ventanas y asomándose a la diferencia para embriagarse de ella, porque solo así se consigue ser mejor.

Cada 15 de Diciembre logra ser distinto a la vida que se relame como un cachorro. Diciembre.