El hombre es nada

LA GENTE SABE que el planeta está en dificultades como nunca lo estuvo, aunque se sospecha que pueda llegar más allá aún. La gente lee los periódicos y atiende a los medios de comunicación audiovisual, donde es capaz de medir con mayor tino el alcance de los riesgos que son muchos y graves, como decíamos.

La gente sabe el tamaño de las tropelías que sufre su hábitat de la misma manera que sospecha su aparente inevitabilidad. Existe un sentimiento trágico al respecto, una sensación de impotencia que pone a la gente al lado de las cosas. Ni junto a ellas ni frente. Sigue la actividad de los concienciados, los que a veces, o quizá demasiadas veces desde la ingenuidad más absoluta, se encadenan a las anclas de un carguero, asaltan una plataforma petrolera desde un esquife de juguete o logran introducirse en una central nuclear provistos de un buen mono de mecánico de coches de azules de Vergara, como si aquello pudiera servir para algo.

La gente lee las cifras del deshielo ártico, la mengua de los glaciares del Himalaya, de los que depende la sed de mil trescientos millones de personas, por cierto, o deja vagar desoladoramente la vista por la superficie deforestada del río amazonas, el de la vida, millones y millones de hectáreas de magníficos y centenarios árboles que son una fuente inagotable de vida cada uno de ellos y que son talados a millonadas.

A la gente, le preocupa la nube tóxica o la fuga de decenas de toneladas de agua radioactiva al mar de Japón desde Fukushima. Sabe que el otro gran río europeo, el gran Danubio, tiene sed y está a punto de dejar de ser navegable. Ni más ni menos. El río por el que ha viajado el ansia civilizadora madre de Occidente y en el que se perdieron los bárbaros. Mira atónito la colección de guarrerías que el mítico Mediterráneo hace llegar hasta la playa de su apartamento e identifica el sabor del plomo en el pescado fresco. Lo sabe todo. Pero hace poco.

La gente tiene la sensación que la tarea es tan ingente que no es cosa suya. Como si no fuera él el que sigue sin diferenciar la basura, deja correr el agua del grifo o sigue empecinándose en sacar el coche cada mañana, llueva o haga sol. Pero cuando calcula las cifras del desastre sabe que no es cosa suya, personal, de individuo/ciudadano. Cree que son los estados los que tienen la responsabilidad de parar esto y luego, ya le dirán lo que hay que hacer. Por eso, guarda la esperanza en el cofre de los organismos internacionales encargados de estas cosas. Aguarda con discreto pudor la siguiente cumbre del clima en la que sin duda el acuerdo entre los que crecen y decrecen lleve a acometer las reformas precisas para que nos salvemos todos. Y va viendo como cumbre del clima tras cumbre del clima, la responsabilidad global sobre el deterioro ambiental, al mercadeo sentimental se une el de la subasta de emisiones tóxicas intercambiándose porcentajes de emisión por una pasta y compromisos a un montonazo de años vista. A la vez, los gobiernos de algunos de los países más responsabilizados con el tema, como Brasil. Proponen una auténtica y generosa amnistía para los deforestadores salvajes. Los que han modificado un territorio para siempre jamás cuya trascendencia se mide a miles de kilómetros de distancia.

En fin. La gente sabe que la gente sigue siendo una minúscula nube de vida tan frágil que en cualquier estornudo de este catarro del planeta, se va por donde ha venido, como se fueron las diecisiete clases de homínidos que nos precedieron. La vida material, esta que respira y sueña no vale un vahído.

No hay quien truene, escampe, inunde o desarbole. El Hombre es nada