Dígitos con alma

LA GENTE SABE que es preciso que haya empresas que creen riqueza para que haya empleo y sabe que las empresas necesitan acudir al mercado para crear riqueza, o al menos mantenerla, y también sabe que las empresas precisan de las entidades financieras para apoyarse en el crédito imprescindible que les permita desarrollar sus proyectos y si tienen suerte, devolver el crédito y pagar a los bancos. Conoce de sobra que los bancos tienen su razón de ser en el crédito. Lejos quedan los tiempos en los que nacieron como cajas fuertes para los especuladores que acumulaban papel moneda cuyo valor solo se sostenía frente a la existencia de las entidades financieras. La gente sabe que su única razón actual está en el préstamo y la gente sabe que el préstamo no sale, porque la empresa no logra convencer a la banca de sus propósitos con la fuerza necesaria para esta le abra sus líneas de financiación. La gente sabe de corrido que la banca no suelta los duros si no lo ve claro al menos al trescientos o cuatrocientos por cien y ni aún así a veces lo hace. La gente sabe que los duros de la banca no son suyos, claro, son de los que los han puesto allí, los de las personas y los de las empresas y sabe también que no solo lo custodian y lo usan sino que lo vigilan y lo acaparan. Por eso la gente, cada vez más se guarda de los bancos y peregrina de colchón en colchón buscando un nido seguro. Hace mucho que desconfía de los intereses despreciables que recibe de sus ahorros, cada vez con menos valor y al albur, cada vez más cierto de la volatilidad monetaria. La gente sabe, sin embargo que la pescadilla se muerde la cola, siempre se muerde la cola y por ello, los bancos no sueltan los duros porque los necesitan ellos para mantenerse. Parece que no solo la pescadilla se muerde la cola sino que la fauna entera del planeta amenaza con hacerlo. La crisis es una cascada de miseria e indefensión que como con la crisis del conejo, amenaza toda la cadena trófica y de la misma manera que el lince desahuciado no depende de las millonarias subvenciones europeas, sino tan solo de que haya suficientes conejos para cazar, los empleadores necesitan créditos para desarrollar proyectos. ¿Para qué? ¿Con que fin? Para competir en el mercado y obtener beneficios con los que responder a los créditos y desarrollar su actividad. Vale. ¿Y dónde queda el hombre en todo esto? ¿Por donde aparece en esta maraña de obviedades? En las cifras. El hombre es una cifra en un papel al que como dice el anticuado y machista refrán: A la mujer y al papel hasta el culo le has de ver. Es necesario ver en sus intimidades porque es el único dígito que tiene alma, que nace y muere y mientras tanto trabaja. Si le dejan.

España es el país de la Unión Europea con mayor número de trabajadores en paro. Aproximadamente el doble de la media europea. El único que a estas alturas destruye empleo neto y según una encuesta publicada recientísimamente, el 72% de los españoles, ni más ni menos, cree que empeorará. Es una cifra tras la que late la indefensión, medra la falta de estima, se desmadra la desesperanza, cunde el desánimo, crece la miseria, luce la vergüenza y asoma el hambre con su fea cara anunciando el fin de todas las cosas. Las cifras del paro son el paroxismo de la estadística cuando esta termina por enseñar tanto que termina por no enseñar nada, son cifras sin fin, terminales, como la desesperación ante la epidemia ineludible. No son números. Son ángeles terrenales condenados. Exhaustos. Almas contadas.

Hay susurros ensordecedores que incendian la vergüenza como una tea. Noviembre