La sed de transformación

La gente se ha pasado la vida en una dinámica transformadora febril. La premisa de la conciencia está depositada en la capacidad tecnológica que los sucesivos hombres de la historia conocida han sido capaces de aplicar. Hoy se le llama cultura a esa suerte de historia del arte transformado o crónica de la vida tecnológica o si lo prefieren, guía de cambios materiales precisos. La realidad es que muy pronto, el hombre, pasó  de la pajita para recoger hormigas que siguen usando hoy los chimpancés a una vida transformadora sin tregua. Es curioso cómo la adquisición, acumulación, almacenaje y uso del conocimiento le sirvió para darse cuenta que el entorno no le servía tal cual para sus propósitos de reproducirse y extenderse por el. Uno se imagina a ese tipejo patizambo devanándose los escasos sesos en busca de la mejor técnica para modificar el medio que le alumbró de forma que le permitiera ser de otra manera.

Marshall McLuhan enunció una historia de la humanidad basada en los cambios tecnológicos, subdividiendo la historia en base a la aparición del lenguaje flexible, el lenguaje escrito, la aparición de los tipos móviles que alumbró la era Gutenberg y la explosión electrónica, con esa manera de ver la historia, a mi juicio, puso el acento en un concepto que después, mucho después completara Juan Luís Arsuaga al enunciar aquello de : “Lo que se ha inventado no se puede des inventar” que no es otra cosa que la necesidad transformadora del hombre. Lo que no le deja dormir tranquilo alguna década sin que todo lo que una vez inventado se haya ido implementando y de pronto en la cima de su usabilidad, en el mayor grado de su eficacia y aplicabilidad, cuando el invento ha alcanzado su mayor desarrollo y distribución, de pronto, alguien pone sobre la mesa un nuevo invento que arrampla con lo anterior y sumándolo en la obsolescencia vertiginosa, lo arrumba a un lado de la vida cotidiana, dejándole preso de la nostalgia futura y el pasado melindroso.

El ser humano parece estar abocado a transformar el entorno a fuerza de inventos que consiguen que las cosas dejen de ser como están y sueñen junto a él con un futuro distinto. Puede, además que esta predestinación utilitarista sea la principal característica de lo humano, quizá más que el propio lenguaje: la capacidad de inventar para transformar.

Desde la técnica usada para afilar el silex haciendo saltar con otra piedra las lajas de tamaño preciso para que el artilugio cortara hasta el universo de software plural del Itunes, el camino es un continuo. No se ven sino estaciones con parada en los comienzos de la tele o los ordenadores, de cualquier manera, todo sigue porque este tipejo bípedo necesita seguir transformando. Hoy mas que nunca se empeña en ello con la fiebre del que sabe que no se puede parar a costa de sí mismo. Su ímpetu es tan imprescindible como concebir que todo es mejorable y por tanto, debe ser mejorable. La gente periódicamente se ve sorprendida por una nueva aplicación que le obliga a sustituir un determinado equipamiento y agota, sin que nade sepa como las primeras existencias de lo más novedoso en una carrera hacia lo que pueda haber por inventar tan frenética que llega a los mas remotos lugares sin que se sepa de verdad como. El Ingeniosos Hidalgo Don Quijote de la Mancha se empezó a traducir a los dos años de haberse publicado en un poblachón manchego llamado Madrid a comienzos del siglo XVII, cuando los galeones de S.M. tardaban meses en cruzar el Atlántico y los turcos cortaban cabezas por doquier. ¿Cómo fue posible una divulgación tan asombrosa? Por la sed del hombre de conocer el manual de uso de la I+D que no siempre viaje en las fórmulas matemáticas, sino en los refranes y la cazurrería. Y si no: Al tiempo.