La vida económica

LA GENTE siempre está atenta a las cosas de la bolsa. Aquella que tintinea. Desde que la vida dejó de basarse en la relación social solidaria y la gente dejó de intercambiar lo que le sobraba con lo que le faltaba, las cosas tomaron valor y precio, que, como recuerda el gran Antonio Machado en Juan de Mairena, no son la misma cosa. Los objetos dejaron de apreciarse por el sentido del uso para tomar el sentido de lo demandados u ofrecidos que pudieran ser. El deseo del otro sobre lo de uno dejó de ser pecado para convertirse en estrategia vital y todo llegó al lugar final: al mercado.

Sin embargo, la gente preservó determinadas estancias de su yo íntimo y familiar al margen del valor público. El que los demás pudieran otorgar. No solo objetos materiales, naturalmente, sino relaciones, sentimientos e instancias propias de la acción personal, la que determina la vida propia de las gentes. Ese espacio libre de etiquetas y precios guardaba las mejores cosas de las gentes de la casa y de la propia casa. Todo el mundo ha guardado celosamente algún objeto “que no vendería jamás” y no digamos si se trataba de relaciones personales como dejar de ver o seguir viendo a quien se quisiera. La gente inventó el precio de las cosas al posibilitar acceder a lo que no se había logrado producir. La venta de productos en el mercado sustituyó dramáticamente la relación social del cambalache que tenía un valor de socialización muy por encima de su futuro precio. En esos tratos, las cosas se relacionaban entre ellas, con otras cosas. Después se relacionaron con el dinero que propuso su precio.

Los tiempos tienen estas cosas, que condicionan la vida más que los elementos naturales, las pandemias e incluso las extinciones en masa. Todos los tiempos históricos tienen su sistema de precios. Las grandes catedrales como la de Toledo, por ejemplo, en este caso, guarda en su archivo todos los libros contables de los asuntos de precio y valor de la misma, desde la bula de Alfonso VI en 1887. Creo.

Los tiempos modernos proclaman la categoría económica de la vida. De toda la vida: La íntima, la privada, la familiar, la social. Toda vida es económica en tanto en cuanto toda actividad humana en sociedad está sujeta a una apreciación numérica de carácter económico y por ello, susceptible de poderse valorar en términos contables a fin de sacar las conclusiones pertinentes sobre su grado de pertinencia y eficacia y como consecuencia la posibilidad competitiva frente a los otros.

A pesar de todo, insisto, siempre hubo mecanismos suficientes para dejar al margen algunas cosas de los hombres. Hasta hoy. Hoy vivimos en un tiempo en que el valor y el precio de las cosas son el eje trascendental por el que transita la existencia del ser humano moderno, y español, al caso. La economía como una hidra silenciosa e imparable se ha entrelazado por la existencia humana hasta conseguir que dependa de ella, en función de que apriete más o lo haga menos, la vida se despereza o acongoja en sumas y restas sin fin y sin remedio. Claro que las gentes siempre se han ocupado de comparar precios para calcular el verdadero valor. No es eso, es que la acción cotidiana, se vea a sí misma como un cálculo en donde los números se adelantan a los sentimientos e incluso a los otros intereses, de forma que todo es una operación de lógica matemática despiadada, inclemente e inflexible, pues como dice el refrán: “De donde no hay no se puede sacar” La gente se la pasa en el gambeteo monetario sabiendo que el regate es inútil y que salga por donde salga, le pedirán la bolsa o la vida. Dialéctica hegeliana en la que la contradicción se propone como filosofía de vida. O de pervivencia, diría yo.

Algo en la mirada guarda la gente a salvo, siempre. Septiembre.