Asesinos íntimos

LA GENTE siempre se teme. Sabe que entre ella están los peores entre los malos. Ha sentido en su carne la herida y la muerte amiga y a poco que haya leído algunos clásicos, recuerda el devenir de los poderosos en Roma, o en León o en Toledo y sabe que si de alguien no debe fiarse de ninguna manera es de quien aparentemente, mas debería hacerlo. Cuanto más cerca, más peligroso, decía el emperador Claudio, el sabio, seguramente por ser cojo y seguir alimentando la leyenda que otorga a los rencos la fama de atravesados.

Las élites imperiales romanas o los electos reyes visigodos y aún mas, los caudillos cristianos toledanos tenían en la daga guardada la única solución a la cercanía, por ello la guardaban a la mano. Quien bien te quiere te hará llorar dice el dicho y la historia se empeña en justificarle de la misma manera. Cuando el peligro viene de lejos, da tiempo a considerarlo pero cuando el asesino surge en el círculo íntimo, no da tiempo de nada.

Las páginas de los periódicos se llenan de hechos luctuosos perpetrados por aquellos que están más cerca. Las mujeres mueren a mano de quien las ha acariciado, desnudado y hecho el amor en la coyunda más íntima que imaginarse pueda. Los niños indefensos son asesinados por su propia madre que les parió por el padre despechado por la madre (¡Que hermoso palabro el de despechado! El que se ha visto expulsado de donde se guardan los sentimientos. Del pecho) Las madres mayores son aviadas por hijos amantes, solteros y que les han dedicado gran parte de su vida, etc. etc.

Si se piensa bien, es posible que cuanto más cerca estés de quien odias, más posibilidades tienes de acumular más inquina, mejor se pueden ver las acciones que fundamentan la aversión y más cerca se está de poder desencadenarla. La proximidad siempre es un valor que se supone debe valorar quien es señalado para acercarse, pero es un valor que conoce quien otorga o permite esa proximidad. No siempre a quien le toca estar cerca es capaz de medir la intimidad de la misma manera que quien la otorga. De cualquier modo, es verdad que en determinados ambientes, las posibilidades de que alguien próximo sea la vía adecuada. Acordémonos de José María “El Tempranillo”, “El Pernales” o “El niño de la Gracia” todos ellos traicionados por sus íntimos. Igualito, Igualito que en el caso de Ernesto “Che” Guevara.

La cosa sigue y suma en estos tiempos que nos toca vivir y las intimidades siguen oliendo a sangre y piorrea igual que en la antigua Roma. Quizá con una salvedad que capitanea ese misterioso altar sacrificial de la muerte llamado Afganistán. Los asesinos íntimos se suicidan junto a sus víctimas más que en ningún lado, quizá para asegurarse que el viaje es realizado hasta el final, pero en cualquier boda, bautizo o merendola, tu mejor amigo puede guardar una bomba en el turbante para hacerla estallar en cuanto le des el abrazo y así acompañarte al otro barrio. Cualquiera de los tuyos puede ser tu acompañante al averno. Es curioso que el caso del ex presidente Rabbani tiene lugar en el seno de del Alto Consejo de la Paz, en donde los talibanes estaban representados. ¿Quién será el del turbante que mata junto a los suyos a los que pudo perjudicar? No parece interesar demasiado. La cuestión es cómo se repiten las pautas en las mismas condiciones siglo tras siglo, milenio tras milenio.

Puede que de ahí, llegue la costumbre de dar un abrazo al amigo íntimo, para poder apreciar ante su vestidura abierta la ausencia del arma homicida. Eso, salvo que se lleve turbante y se esté dispuesto a morir matando. Íntimamente.

Todos los brazos abiertos dejan caer la soledad sin querer. Septiembre.