El hijo del diablo

LA GENTE UN DÍA, uno cualquiera, no especialmente señalado por la historia o el destino, descubre el miedo. Mira a su alrededor y descubre que en el sitio menos pensado, el horror puede citarse con ella para mostrarle desde donde y hasta donde puede desarrollar el ser humano sus capacidades mas inhumanas. Como si quisiera con ello darle la razón a los que desde las palabras bíblicas han alertado sobre esas capacidades maléficas que el buen samaritano guarda en el mismo cajón de sus mejores propósitos, rozándose como los extremos de un anillo. Y de qué forma tan sutil, inesperada o impensable, unos pueden convertirse en los otros. Claro que en este caso la direccionalidad del cambio es sustancial pues mientras los peores instintos se abriguen junto a las mejores virtudes, apenas sucede nada que no sea a mejor, pero cuando aquellas nobles ideas, puras, inmaculadas mas bien, aquellas que se preocupan del malestar del de al lado, animadas por las lecturas indicadas y previstas, se cambian de lado de la sábana y se pasan al maléfico, está demostrado que tienen un potencial apocalíptico sin límite. Quizá por eso, dicen que un sabio como Raimon Llull suplicaba en sus oraciones aquello de: “Líbrame señor de los bien pensados que de los mal pensados me libraré yo”.

Noruega, ese país bien pensado, solidario, emprendedor, y moderno, se ha visto sacudido por el más antiguo de los feos rostros del hombre y se ha despertado de su sueño demócrata y progresista en medio de la sangre inútil, de la muerte fútil, del horror inconmensurable. Y descubre que el ánimo destructor llega de su propio hijo, no de aquellos fanáticos de la barba y la chilaba sino de uno de los suyos que piensa como tantos y que se parece a tantos.

Lo inmediato es intentar comprender lo sucedido pues el ser humano precisa conocer los detalles para sacar conclusiones aunque sea demasiado pronto con los muertos aún de cuerpo presente y esa operación se revela como la más difícil: Comprender.

Las noticias nos hablan de un joven vikingo cristiano que habiendo creído que la sociedad civil occidental y en concreto la de su país se había terminado de rendir ante el islam, se autoimpone la tarea del castigo severo y resuelve su creencia en matar a cuantos más equivocados mejor.

No parece una patología social como la que anunciaba el sociólogo Johan Galtung: “Las ideas de Breivik están en Europa, y también en España”, puede que la idea de que sea la resultante natural de una violencia política populista y xenófoba, ayude al pueblo noruego a asumir mejor la barbarie, pero esa violencia política de la que tenemos incontables ejemplos en Europa, como la noche de los cristales rotos en la Alemania pre nazi o los famosos “paseos” que se daban en la España de pre guerra, tienen como norma perpetrarse en grupo. Son las consignas bárbaras repetidas y masadas entre los miembros, las que echan a la calle al grupo de pistoleros para amanecer al odiado enemigo. No. La matanza fría, calculada, y solitaria, metódica y ordenada, es la venganza del hijo del diablo. El endemoniado en el que las ideas xenófobas, de extrema derecha, racistas y fundamentalistas cristianas, resonaban en su mente como vueltas de un tiovivo funesto en el que la preocupación por el bienestar de sus conciudadanos se convierte en rabia por la inacción de los mismos y por ello, surge en su magín endiablado la idea del castigo tan presente por otra parte en el oscurantismo religioso.

El hijo del diablo se dispuso a matar a los que reían, amaban, escuchaban música, se enamoraban y se toleraban, a los eran jóvenes y tenían culpa por ello. Por eso les llamaba por su nombre al irlos matando poco a poco. No hay moraleja. Solo queda el miedo.

Sólo la ira no es de los justos. La vomitan los ángeles del infierno. Julio