El valor de la palabra II

LA GENTE UN DÍA, se encuentra con los amigos del viernes por la noche y encara la velada en la que se pasa revista a la semana como quien acepta la mirada del espejo. No es fácil, pero útil. Generalmente no hay lugar en esta ajetreada existencia que llevamos para la pausa, la conversación, el análisis en grupo y no digamos la posibilidad de llegar a conclusiones que nos sirvan para encarar la semana, pero aparte de la carne, las barbacoas nocturnas, créanme, dan para mucho más de lo que se piensa.

La palabra, como todo instrumento, es susceptible de valorarse en función del uso que se le de. No todas sirven en la misma medida ni todas consiguen su máxima eficacia con facilidad. Precisan ser usadas con el conocimiento preciso para en función del orden en que se sitúen en las manifestaciones logren transportar el sentido pretendido, pero no cabe duda que contienen el mismo en toda su integridad aunque no siempre se den las condiciones para que se manifieste. De hecho tantas veces atendamos al televisor como queramos, asistiremos al baile de significados de los mismos términos en función del contexto que se establezca. Todo ello, al margen de las esperpénticas discusiones de los actores audiovisuales que en las tertulias y magazines, se lían a patadones con el diccionario, pasándose los conceptos subvertidos de uno a otro como futbolistas de élite y con la misma despreocupación por el sentido de los mismos, fiándolo todo al gol, es decir, al objeto deseado, sea la irritación infinita del contertulio o el desmoronamiento sentimental del entrevistado.

Aún así, y sin salirnos de los medios de comunicación globales, se puede asistir de vez en cuando a una ceremonia curiosa, que consiste en ver representados conceptos verbales que parecían desaparecidos del acerbo popular y que de pronto toman sentido, como por ejemplo, las intervenciones de los políticos respecto del movimiento 15M y la capacidad infinita de promoverse como intérpretes de lujo de las ideas de los insumisos. Grandes conceptos usados, sin el menor pudor intelectual desde los sombrajos de sol, son repetidos con insolente solemnidad por representantes del pueblo, pero se les nota que andan desacostumbrados y les cuesta incluso pronunciarlos, sobre todo a quienes manteniendo mayor conciencia, tienen algo más de pudor. Es cierto que hay palabras cuyo valor objetivo desborda la conversación común y cuesta ponerlas ante los otros. Libertad. Compromiso. Rebeldía. Participación. Son términos cuyo valor absoluto hace tiempo que o bien han desaparecido del discurso público o bien han visto devaluada su significación a tal altura que da algo de vergüenza ajena aludirlas.

La palabra mantiene su valor en tanto en cuanto representa el concepto y mantiene la dignidad de su origen. No es igual que la misma la digan unos que otros. Las cosas no valen igual dichas desde distinto lugar. No traen la misma confianza y la portavocía se revela entonces como parte indisoluble del significado.

Es paradójico como asistimos a una doble realidad que alucina los diccionarios. Por un lado hay valores de palabras que se devalúan sin fin cotidianamente y a la vez, esos mismos significantes toman trascendencia olvidada. Curioso. La palabra sigue siendo un misterio que no se revela por mucho que se pronuncie correctamente.

Parece mentira que todo vuelva en la noria de los días. Impunemente. Junio