El valor de la palabra I

LA GENTE UN DÍA, se equivoca de móvil al salir de casa y se mete en el bolsillo el de uno de sus hijos, adolescentes o no. Llega al trabajo y se enfrasca en el mismo, que no están las cosas para andarse con remolonerías, llega la hora del café y sale a tomar la tostadita. Al llegar a la calle, conecta el móvil y cae en la cuenta que no es el suyo. La inmediata reacción es la de apagarlo, no sea que llame quien no se desea, pero la tentación es grande y como sin remedio se accede a la carpeta de mensajes, pues ya sabe la gente que los jóvenes se manejan mejor ahí que en las llamadas. Y entonces llega el problema: ¿Cómo descifrar el galimatías alfabético con el que se encuentra? Los acrónimos los hemos usado todos, pero ¿Y los códigos compartidos sin significado aparente? ¿Y el uso pactado de signos de puntuación?

Hace tiempo que asistimos a una revolución del lenguaje basada en la economía de espacio y el pacto cultural. También lo sabemos, a veces nos lo han explicado, pero el asunto no es cuando eso se queda en los mensajes de texto de fin de semana. Los conceptos y las variantes de los mismos son muy parecidos y a pocas claves que se compartan, los mensajes podrían intercambiarse con un traductor automático entre jóvenes de cualquier parte del mundo sin que ninguno de ellos entendiera confundido lo comunicado, ni llegara tarde a ninguna cita, ni confundiera una discoteca con otra. El problema es cuando esta práctica trasciende a otros ámbitos y, seguro que lo hace. Juan Luís Arsuaga, científico y comunicador eminente ya lo enunció: “Lo que se ha inventado, no se puede des inventar”.

Los que corregimos exámenes escritos lo tenemos a la orden del día. En el momento en que el alumno se siente a sí mismo en la expresión, traslada el lenguaje críptico de los mensajes telefónicos al papel del examen, ya sea en el ámbito de la enseñanza secundaria o en la universitaria.

Los semiólogos y educadores ya están, lógicamente, advirtiendo desde hace rato, que las palabras están cambiando de significado. No tan solo porque se usen con otro criterio del establecido por las autoridades o el uso vulgar, sino porque dejan de decir lo que dicen para empezar a decir otra cosa. Y el asunto no es baladí, porque si no queremos decir lo que decimos, no sabremos cómo decir lo que queremos. Las palabras, algunas de ellas, naturalmente más, pierden valor y su concepto se esconde tras los acentos, los signos o la posición en la oración. Y Algunas, incluso, ya no valen lo que valían y se usan para menesteres menos elevados, e incluso antitéticos. Y el problema no solo es ineludible sino que se agrava con la constatación de que todos, usamos cada vez, menos palabras en nuestra locuacidad diaria. Cada vez usamos palabras que significan menos en menor cantidad de ellas y las consecuencias se ven continuamente. Hoy es impensable que una obra literaria gane un premio si no es porque se aparte de la excelencia y la culturalidad, y se adentre en los procelosos caminos de lo “popular” y cada vez será más así. La generación de cultura en los tiempos contemporáneos se preocupa, lógicamente cada vez más, por el aspecto industrial-comercial y eso conlleva volver la vista a aquello que decía Lope de Vega del público sobre si comía paja o le daban grano.

La cuestión es grave pues dependemos del valor de la palabra para jerarquizar nuestra relación social, nuestra participación ciudadana y, desde luego, sobre todo, nuestra propia estatura en relación a “lo otro”. ¿Si se pierde el valor de la palabra quien querrá mantenerla?

Las horas cambian porque no se gustan en el espejo del día. Junio