Monsieur Le President

LA GENTE UN DÍA, se acuerda de aquella maravillosa canción escrita por el genial Boris Vian en los años 40 en Francia que oí por primera vez en la inolvidable voz de Serge Regiani, titulada “Le Deserteur” que comenzaba precisamente así: M. Le President. Señor Presidente. Se trata de una carta que escribe un hombre cualquiera al presidente de la República anunciándole las razones por las cuales piensa convertirse en un desertor. Un canción antibélica que cambió muchas posturas en este país nuestro sobre el servicio militar y que a más de uno les hizo convertirse literalmente en objetores de conciencia.

Siempre me llamó la atención que la protesta era dirigida a la autoridad máxima del Estado, del estado presidencialista francés y la verdad es que nunca pensé que las circunstancias de la deriva democrática y sociológica europea y española, me iban a llevar al cabo de tantos años a usarla en esta pequeña reflexión sobre los personalismos en los partidos políticos, en las estrategias electorales y en la formación de los gobiernos, sean estos, locales, provinciales, autonómicos, estatales o supraestatales. Uno siempre creyó en el poder de la ideología como dinámica de superación del hombre como individuo, que sin dejar de saber que el fin último es él, el ciudadano, bien es verdad que en su condición de parte del sistema social, más una parte de “los otros” que un todo en sí mismo.

La larga lucha por los derechos colectivos y la subsiguiente batalla conceptual por establecer la categoría de lo social como superación de lo personal, sobre todo, naturalmente en los espacios públicos de representación política y social, está llena de sacrificios de gentes que renunciaron a su yo, por su yo con los otros. Por eso, las largas sesiones de discusión y autocrítica para conseguir plasmar estatutos, planes políticos, programas de acción ideológica que representando a los individuos, representara finalmente al colectivo de individuos. En los años, largos años de la lucha antifranquista, aquel, fue sin ninguna duda el fin buscado. Lo vi en las sesiones clandestinas de la Convención Republicana de los Pueblos de España, en las duras discusiones en el PC (ml), en aquel primer FRAP, etc. Si algo se buscaba y en lo que se debatía hasta la muerte era en la superación de los personalismos.

Eso, si. La vida cambia, evoluciona y con ella los órganos de representación de los intereses sociales y la propia estructura de los estados y uno, de pronto, se siente rodeado. Y ni siquiera le hace falta recordar aquella cantinela de Julio Anguita que los medios hicieron famosa de: “Programa, programa, programa”. A la gente, le rodean los personalismos convertidos en marcas electorales per se, al margen de los programas. La cuestión se debate entre gentes y no entre conceptos y las diferencias empiezan a ser tan físicas como la alopecia, el género, las disfunciones verbales de pronunciación o el aspecto mejorado sin gafas o el pelo teñido. La vida política futura española, se debate entre si este o aquella se queda o se va y si se tendrá que ver las caras con aquel o aquella. Todos son o quieren ser presidentes porque parece que todo se redujera a quien lo va a ser aunque no se debata sobre aquello de lo que va a ser presidente. Hay presidentes que se van, otros que se quedan, otros que no lo son pero lo son in pectore, unas que renuncian a pretender serlo ahora para pretender serlo más tarde y otros que dicen querer serlo a sabiendas que nunca lo serán. Y mientras, el debate social se lava en las jofainas ecológicas de la puerta del sol y toma el aire líbero ante la arquitectura del poder que le deja soñar mientras les duren los calzoncillos limpios. Eso sí. Todos pierden contra todos. Y así será mientras sea entre ellos y no entre las ideas. Que por cierto, no usan ropa interior, ni se lavan los dientes.

Los sueños se estiran bajo las farolas, como cafichos milongueros. Junio