¡Las cosas…!

LA GENTE UN DÍA, oye, que los cazadores, le buscamos las vueltas a las cosas para comprenderlas, que somos aquellos tipos que se acuerdan de cada lance en el campo, que contamos con todo lujo de detalles una experiencia de apenas unos segundos de duración que sucedió veinte o treinta años atrás y somos capaces de volver a sentir el aire que se nos colaba por debajo del ala del sombrero, oler aún las ascuas de tocones de jara que nos mantenían algo secas las plantas de los pies, las ramas del chaparro en que nos guarecíamos y desde luego la hora que era, la temperatura que hacía y lo que pasó. Sobre todo, lo que pasó. Los cazadores hemos tenido larga fama en los chistes, de grandes exagerados, de mentirosos, de fanfarrones e incluso de mentirosos y trapisondas que compran caza que no han dado muerte. De todo ello se puede uno defender a sabiendas que de todo ello algo tiene de verdad. Yo creo que una de las razones por las cuales los cazadores necesitamos contar nuestras aventuras cinegéticas es porque son cosas que no tienen explicación, no se trata de encontrar las razones por las cuales las cosas fueron como fueron sino más bien volver a revivir aquellas cosas de nuevo y desde luego que lo conseguimos. Porque seguramente, las cosas fueron como fueron y poco hay que explicar de más.

En el campo las cosas, los hechos que diría Aristóteles, son tozudos, que quiere decir que están poco al albur de nuestra voluntad, deseo o intención. Las cosas se suceden en la naturaleza ante nuestros ojos como si nada tuviéramos que ver con ellas, parece que suceden retándonos a comprenderlas y apreciarlas y mientras, guardan sus secretos de manera tan celosa que debemos colocar puestos de observación camuflados para conseguir saber lo que de veras sucede cuando no los vemos que es la mayor parte del tiempo.

Puede que la mejor manera de comprender la naturaleza sea sentirla, sobre todo y antes o al margen de intentar conocerla, primero porque la lógica natural no reflexiona sino que sucede y después porque nuestra inquisitiva mente está ligada a nuestra capacidad simbólica y los animales en la naturaleza solo se fían de las cosas que viven, no de las que les cuentan, como nos pasa a nosotros.

Algunos de los hombres que viven entre animales son capaces de no discutir la lógica natural y adaptarla a la vida humana siempre que tenga que ver con ella. El Calé es un tratante de caballos de los Montes de Toledo que le vendió un par de ellos a un amigo que los pensaba tener en la finca para sus hijos. Al cabo de un par de semanas, este vio que los caballos necesitaban estar montados casi cada día, había que cuidarles, si se les soltaba en el prado frente a la casa no había luego quien les cogiera, etc. Este amigo mío, llamó al El Calé para devolverle los caballos y después de invitarle a un botellín y choricito de venao como mandan las costumbres, se explayó con el tratante explicándole las razones por las cuales no podía quedarse con los jamelgos, este, atendió educadamente las prolijas excusas y al final aceptó, naturalmente, retirarle los caballos. Cuando se los llevaba, le devolvió un poco más de la mitad de lo que este había pagado apenas unos días atrás y ante la sorpresa de mi amigo que le preguntaba porque no le devolvía todo el dinero, El Calé se encogió de hombros y musitó: ¡Las cosas!

Las cosas que son en el campo, porque si fueran de otra manera no serían cosas, serían razones y ya no valdrían allí.

Nada puede aventurar la lluvia primera que se hace urgencia total. Mayo