La creación subrayada

LA GENTE, UN DÍA se sienta ante el televisor y, a sabiendas de lo que se va a encontrar, se aferra a la dinámica establecida en el Prime Time y se dispone a ver el concurso de Eurovisión. Aquel invento de los sesenta que perdura, incluso en sus presentadores, convertidos en herederos de la experiencia. Y la experiencia es tremenda. La colección de asuntos de excusa musical que se desarrolla ante los ojos de los inocentes espectadores, se parece a un desfile de artistas y cantantes que cantaran canciones más o menos arregladas, más o menos coreografiadas, donde los aspectos secundarios se convierten en los leit motiv a seguir con disciplina férrea y derroche de medios. La gente, por tanto, intenta descubrir que es lo que le sugiere el asunto, pero no logra deshacerse de la madeja de subrayados con los que le abruman y no logra salirse de estribillos enfatizados con toda clase de guiños escenográficos que para si los hubiera querido el mundo de la revista donde los aparte tenían tanta importancia como el texto expresado y si no que se lo digan a Doña Lina Morgan que construyó su imperio sobre ellos, los mejores aparte de la escena española del XX.

Hace años que la deriva de la música Pop o popular hacia los contenidos comercialistas nos ha llevado a una tutela cada vez mayor del público oyente y comprador por parte de productores y discográficas que, se ha visto acompañado desde las experiencias de las sucesivas Operación Triunfo por los compositores y autores de canciones a medida de los intérpretes, donde la voluntad del oyente se ve seriamente condicionada por los subrayados de lo que debe apreciar, de forma que se ve dirigido en su aprecio y valoración. Cada vez nos señalan de manera más tajante lo que nos debe gustar y lo que no. Y como debemos apreciarlo. La creación correspondiente viene con un manual de uso tan exhaustivo y pormenorizado que es casi imposible salirse del guión, de tal guisa que las cosas se parecen cada vez más entre sí que nunca.

Ni siquiera los comentarios expertos se libran del asunto pues, como es lógico, son los primeros apresados en los intereses comerciales que definen la manifestación creativa. Nada es impensable como nada es probable, todo está maquinado y estratégicamente condicionado por la inversión financiera en las fórmulas diversas de difusión que nos van indicando la dirección de nuestro propio gusto. Muy pocas cosas se escurren entre las programadas y sorprenden de nuevo, aunque rápidamente la industria los hace suyos, se trate de un transexual con grupo o una gordita de voz prodigiosa. Da igual.

Mientras, los mismos se rasgan las vestiduras sobre la percepción de empobrecimiento general de la creación artística cada vez mas acomodaticia y obediente a los dogmas comerciales. Pero sin innovación nadie puede esperar regeneración. El futuro, están a punto de encargárselo a los ordenadores inteligentes regidos por programas de creación alimentados de estadística, que responderán con absoluta obediencia a lo que se espera oír, mientras que los oídos se vuelven sordos a lo que se pudiera oír.

Casi todo termina meciéndose en el olvido, oxidado. Por Mayo