Miseria de la dialéctica y dialéctica de la miseria

LA GENTE, UN DÍA se encuentra a sus políticos hasta en la sopa. En la TV, en el periódico, inaugurando ríos, puentes, hospitales y polideportivos. Todos ellos, presos de un ataque verborreico superior que les impele a hablar más que ninguno. El silencio es como en el caso de guerra, un espacio que puede ser ocupado por el enemigo por lo que conviene no dejar ni un huequecito sin llenar. Está bien. Al ciudadano le suena la cuestión pre electoral, la comparte y está dispuesto a formar parte de ello aunque sea como espectador del diálogo, del que espera su legítimo beneficio que no es otro que desarrollar el conocimiento preciso para obtener el criterio que le permita elegir su opción de voto.

El ciudadano sabe que desde Platón que desarrolló en sus Diálogos el concepto de la dialektiké, ampliado en su otras obras: Gorgias, República VI y Teeteto, la dialéctica es en su origen, literalmente: Técnica de conversación en el sentido argumentativo que hoy se le da a la lógica y que después Hegel, Marx y Adorno, lo sintetizaron como la patentización del conflicto entre tésis y antítesis, cuyo resultado, la síntesis, siempre entra en conflicto con algo al contactar con la realidad.

La gente sabe que no necesita recordar estas zarandajas de culturilla para esperar que entre lo que piensan unos y lo que sostienen los otros, fluye el río revuelto en el que debe pescar para decidir a quién votar. Pero he aquí, que tras las escaramuzas en los canales de la tele entre los candidatos de opciones antitéticas, apenas descubre una retahíla de reproches de aquellos de “Pues mucho mas tú”. Entre trajes, corbatas, solares y subvenciones, los diálogos no son lo que espera, no son un intercambio de contrapuestos en los conceptos o las cosas, sino que se limitan a un rifirrafe de corrala donde las comadres se echaban en cara la pulcritud de las sábanas tendidas y la virilidad de sus hombres añadida a la colada. Los diálogos entre candidatos en esta carrera por los gobiernos autonómicos que finaliza el 22M, revelan una miseria dialéctica apabullante. Un enfrentamiento mísero de acusaciones exageradas y minimizadas hasta el límite de la vergüenza ajena, donde los conceptos brillan por su ausencia ya, desde los eslóganes publicitarios de todos ellos. Ni una sola idea mayor se abre camino entre la disputa y todo se basa en calles, ríos, trajes, y otras menudencias.

Mientras la gente aguarda que alguien hable de dignidad, ética, moral o cualquier otro concepto superior, la dialéctica elegida produce ríos de enfrentamientos con la propia miseria humana. Ahí están los ensayos del alcalde Gallardón de quitar de las calles, no la miseria, sino la vista de la miseria. No se trata de medidas sociales de reinserción de esa gente con abrumadoras patologías duales (Dr. Szerman dixit) que se balancean entre las dependencias y las enfermedades, sino simplemente de quitarles de en medio, más o menos lo que siempre se tiende a hacer.

En resumen; una miseria de dialéctica y una dialéctica de la miseria que suena a acertijo pero que es una maldición.

Es difícil sopesar la distancia cuando los ojos callan. Por Mayo