Entre gobernantes y gobernados

LA GENTE, UN DÍA supo desligar los avatares de su vida cotidiana en cualquiera de los espacios propios, el social, el familiar o el íntimo, de los avatares generales. Supo que no cabía la posibilidad asamblearia que con tanta fe había intentado una y otra vez y se percató que mientras siguieran pariendo las mujeres, cada vez serían más, y cada vez sería más complicada, más lejana e imprecisa la gestión colectiva. Por eso se avino a desarrollar la res pública y empezó a dejarla en manos de los que se prestaron a servir de servidores de todos, es decir, de nadie en concreto y se erigieron por los procedimientos varios en la cúspide de la sociedad política: Gobernaron.

Una premisa aceptada históricamente es que hasta que no se llegó con la revolución francesa al gobierno del pueblo por el pueblo, la distancia entre gobernados y gobernadores era naturalmente abismal y cuanto más grande el gobierno, más numerosos los gobernados y más férreo su control, más aún. Pero estaba claro que con la lenta pero implacable implantación de los principios de ley y orden, derechos y deberes, la sociedad democrática en suma, la distancia entre unos y otros se estrecharía por la lógica electiva. Los gobernantes elegidos por los gobernados gobernarían al dictado de sus promotores, pero esto que suena a trabalenguas, no deja de serlo por muy ligeramente que se pueda mirar.

Los ejemplos saltan continuamente y los botones de muestra se multiplican, como en el caso de los referéndums catalanes por la independencia que fueron inequívoca y publicitadamente votados por los gobernadores de esa nación española, pero que a la vez se negaron a que dicha iniciativa llegara al parlamento catalán, porque según sus propios estudios de opinión, los gobernados catalanes son mayoritariamente contrarios a esa iniciativa. Y la pregunta es: ¿Y cómo se come eso? ¿A qué viene entonces la iniciativa si no es del pueblo? La cuestión no parece baladí aunque mirada como se ha producido, casi produce una sonrisa que otra cosa. Se trata de la independencia, idea por la cual, fue derrotado un, hasta ese momento invencible Napoleón por estas fechas, a manos de un puñado de ignorantes en nombre de un rey al que no querían, pero en cuyo nombre se jugaron la vida inventando además la tan afamada después guerra de guerrillas, o sea de guerras pequeñitas, una sobre la otra. No, definitivamente la independencia y sus consecuencias parecen un asunto mucho más serio que esa sardana tomada por jota en la que los gobernantes votan lo que saben que el pueblo no aprueba pero en su nombre. ¡Vaya lío!

Creo en la autodeterminación de los pueblos porque creo en las ideas republicanas y en sus símbolos derivados pero esta historia me suena a verbena, a chirigota, a fábula animal donde los pajaritos simulan ser escopetas para que estas les sonrían en vez de dispararles. Eso sí, este disparate, me huele que no termina bien, si no, al tiempo.

Madrid sur se apoya en la pared del torreón de las Galerías Piquer, alto, alto, y yo vuelvo a soñar que soy libre. Por Mayo