Injerencia humanitaria

LA GENTE, UN DÍA cualquiera, cualquiera de esos que apura la tortilla francesa frente al telediario, se da cuenta de la cantidad de fregados que se reparten por el mundo en los que la gente se lía a tiros entre ellos que no parecen tener fin. Ya sabe, porque se lo han contado desde niño, que las peores disputas son entre la gente de la misma sangre, la que comparte la misma casa o la misma agua, pero no deja de sorprenderse, porque los niveles de brutalidad se empeñan en romper sus propios registros y cada vez la información del telediario se parece más a un film de Sam Pekinpah que Traedme la cabeza de Alfredo García a su creador. Puede que sea el aumento de pulgadas en las pantallas planas, y no bromeo, y puede que sea la TDT que no tiene rayas, o el sonido Dolby y no digamos más si se experimenta el recién 3D. El caso es que la gente de Costa de marfil, Yemen, Libia, está a machetazos y ni tiempo de recoger cadáveres les da, pues ya se sabe que desde las guerras de finales del XX, se acabaron los protocolos ginebrinos y no hay tiempos de fortuna para recoger a los heridos y enterrar a los muertos. Las calles polvorientas quedan sembradas de cadáveres, la mayoría civiles y los coches que transitan por ellas se conforman con evitarlos.

Se habla de guerras fraticidas, como si hubiera algunas que no lo fueran, pero el caso es que los gobiernos europeos, occidentales, guardianes del estado del bienestar, no se sabe si acuciados por los estudios de audiencia o por los intereses de unos cuantos, llegado un momento de barbarie, deciden intervenir en el asunto. La OTAN bombardea Libia por protección civil y las fuerzas paracaidistas francesas detienen a Gbagbo en Costa de Marfíl, mientras marines americanos vigilan los semáforos de Ciudad Sáder o tanquistas españoles del Alcázar de Toledo 61 le leen la cartilla a la insurgencia afgana. Todo, por cuestiones humanitarias que la población civil ve con buenos ojos pero que tras ello, ve como la retirada de las fuerzas de ayuda humanitaria se demora y se demora sine die.

La política da muchas vueltas y aquello de “digo y diego” siempre aparece mas pronto que tarde. Mientras, las tropas humanitarias intervienen en la vida civil del país en cuestión, a veces, en episodios como las violaciones sistemáticas de las fuerzas de interposición de la ONU en algún país africano. Allí se quedan los sargentos de paracaidistas, asistiendo a los club de oficiales y dejándose ver por los bares de los grandes hoteles luciendo uniforme de campaña y condecoraciones, decidiendo a quien quitar y a quien poner y a quien volver a quitar y a quien reponer de nuevo.

Es cierto que las imágenes del horror nos muestran a veces tal grado de virulencia que la injerencia humanitaria parece la única salida posible. Lo que sucede es que esa presencia es humanitaria, pero es una injerencia en la vida del país intervenido y como dijo Einstein: “Dos y dos son cuatro hasta nueva orden”, lo que quiere decir que los valores no siempre se observan en el mismo sentido ni en el mismo orden, con lo que su jerarquía se puede ver gravemente deformada y a partir de ahí. También, casi todo, puede valer.

Hay días tricolores como arco iris de sueños incumplidos. Abril