La utilización política de la fama y la popularidad

LA GENTE, UN DÍA se acuerda que en los tiempos de las oligarquías, las gentes políticas solo llegaban desde los orígenes pactados. Se sabía que los hijos de los poderosos eran formados en los tabernáculos para acceder a la gestión pública con los mecanismos educativos que solo la élite que los cobijaba era capaz de sistematizar. En aquellos casos, el vulgo podía estar seguro que los elegidos eran los mejores de entre los mejores que habiendo nacido de los mejores aseguraban ser los mejores. En aquellos tiempos en que la gente estaba a años luz de creer que algún día pudieran llegar a la acción política los nacidos de entre los suyos, la cuestión era bien simple: Esperar que los elegidos respondieran con su bien hacer a quienes los habían escogido.

La revolución francesa aúpa al poder a los desharrapados, a los excluidos, a los descartados. Lleva hasta el limbo político a los extraños que jamás estuvieron allí. Son los años de la reforma con mayúscula pues no solo se relevan del poder a quienes desde el principio de la historia lo habían detentado sino que se introduce en el sistema el concepto de la subversión de la preparación. Desde aquellos días se eligen para los puestos principales a quienes no lo son por quienes ni lo son ni lo serán nunca, los electores llanos. El Pueblo. Y el Pueblo, no precisa de elementos técnicos sino representativos. Ya sé que parece un asunto mayor que el espacio de este comentario pero no deja de, por eso, ser menos perentorio.

Los elegidos de entre cualquiera pueden ser quienes quieran sin necesidad de contar con la aquiescencia de ningún tipo de élite orgánica. Los elegidos, lo son por la lógica electiva que desarrolla la masa, el pueblo, los preferidos de entre los elegibles, aquellos que por razones de empatía icónica, o discursiva, han conectado lo suficiente con la masas electoral que no es élite ni se comporta como tal porque no quiere serlo. Por tanto, el sistema se alimenta de líderes emplazados al margen de sus méritos contrastados. Solo, y suficientemente por sus méritos comunicados en los mecanismos electorales.

Por eso, el sistema, es decir las élites políticas, no buscan a los mejores sino a los que puedan parecer mejores. De ahí que los mecanismos de señalización previa a las listas electorales, tengan más que ver con lo que los candidatos puedan mostrar que con lo que puedan, luego, demostrar. Por eso, se entresaca de los canastos precisos que son los que alcanzan la fama o tienen popularidad que no necesariamente son cosas similares. Ahí está el principal capital.

Ya fue Garzón candidato del PSOE, como ahora lo es el pelotari Titin III del PP en Euskadi, o se espera que pueda serlo Belén Esteban en cualquier otra formación. Ya usó el franquismo a Concha Piquer, o Zapatero a Almodóvar. La política busca siempre su renta antes de vender el pescado, porque no se fía ni de quien compra ni de quien lo vende. Solo busca la ventaja bajo el sol de quien brille, sea quien sea.

El oropel engañoso habla en verso, pero antiguo, sabido. Marzo