La naturaleza no sabe de mundos

LA GENTE, UN DÍA reflexiona: La Naturaleza no sabe de mundos. Visto lo visto, y echando la vista atrás, cada vez que el medio natural se encampana, cae un mundo, sea el de los dinosaurios, la civilización maya, la armada invencible o el edén soviético. La gente lo sabe, porque recuerda, y el recuerdo es como una alarma del móvil que nos despierta ante la necesidad, reclamando la acción.

Más que curioso, resulta aleccionador, aunque por lo que parece no somos capaces de aprendérnosla, que desarrollemos espacios culturales, geográficos, económicos, bélicos o nacionales y que la naturaleza cuando parece que le pudiera apetecer, se empeñe en mandarlos al garete con todos los logros unidos en el vacío.

El ser humano es tan ambicioso como cutre en sus planteamientos transgeneracionales. Seguramente porque al ser igual de ambicioso que soberbio, su estupidez le impide ver más allá de su mísero tiempo de vida que no es más que un soplo en el éter. Los humanos nos quedamos tan poco tiempo en la vida que nuestra visión se acomoda a nuestro paréntesis y se vuelve burriciega del todo, pensamos, eso si, que las cosas nuestras, las que hemos impuesto a la naturaleza, se quedarán para siempre, porque en realidad no pensamos que sea para otros. Y nos equivocamos. Construimos con desenfreno en los cauces de las torrenteras del Levante, hasta que una mísera gota fría a tiempo, se encarga de desembocar el agua suficiente a la vez para que al encontrarse con las urbanizaciones en medio, se las lleve torrente abajo hasta desembocarlas en el mar. Y el agua, ese elemento tan liviano, transparente, incoloro, inodoro e insípido como nos contaban en la escuela, cuando se solivianta se convierte en una fuerza destructora de máxima magnitud.

Japón, era la segunda economía mundial y aunque seguro que volverá a serlo, de momento está de rodillas ante las consecuencias del frotamiento entre las tapaderas de las calderas de Pedro Botero y de nada ha servido todo el now how desde Honda a Mitsubishi o de Samsung a Fuji. El agua se ha llevado toda la producción de 2011 de todo, dejando tras de sí, un panorama de desolación y muerte que hiela la mirada de los cabales. Pero no tenemos remedio, como Japón tampoco lo tendrá. En cuanto entierren a los muertos y logren encapsular las centrales nucleares dañadas, se pondrán sin solución de continuidad a construir otras aún mas potentes y potencialmente envenenadoras. Porque no pueden hacer otra cosa. Su mundo, está basado en necesidades que atender y sin la satisfacción de estas, no podría subsistir. Nadie lo dice, pero el número de centrales nucleares en Japón aumentará, sí o sí. Y de nuevo, de nada habrá servido calcular la distancia al sol o cubrir el primer, segundo, tercero y N mundos de automóviles fiables y seguros, hechos con esmero. La próxima será lo mismo. Lo mismo. Siempre lo mismo.

El horror parece un iris de quita y pon en la televisión. Marzo