La libertad de los otros

LA GENTE, UN DÍA, se levanta, se ducha, se afeita, se viste, se abriga, sale a la calle, coge el metro, se baja en la estación acostumbrada, camina unos metros y entra a su trabajo. Comienza a desarrollar su cometido sin apenas cambios relevantes, al menos en el último año. Durante un par de horas al menos, lo hace lo mejor que puede, seguro que fijándose mas que nunca, porque sabe que las cosas no están para bromas. Al filo de las once, mira su reloj, comprueba que lo que está en la pantalla de su ordenador puede ser guardado y a continuación sale del lugar de trabajo, toma su abrigo, baja en el ascensor y junto a otros tantos se encamina a su lugar habitual de desayuno. Una vez dentro, hace una seña al camarero habitual que, de manera cuasi automática, le pone su desayuno habitual como a el le gusta y toma desde siempre. El ser humano en cuestión, se desabrocha el abrigo, guarda los guantes en el bolsillo habitual de su abrigo y comienza su ritual cotidiano. Disuelve el sobrecito de edulcorante en el café con leche templada, lo mueve con mimo y extiende sobre la tostada de pan un poco de aceite de oliva y si acaso, algo mas de la sal que le conviene. Mientras espera que el aceite descienda por la miga tostada, da el primer sorbo al café y respira mirando a su alrededor. Todo parece como siempre, como cada día, pero hay algo diferente que no acierta a identificar, da el primer mordisco a su tostada de pan con aceite y mastica con un íntimo y recatado gesto de satisfacción. Su cuerpo parece revivir con la inyección de cafeína y carbohidratos con aceite vegetal. El mejor. Vuelve a mirar a su alrededor porque sigue sin identificar la causa de un estado inesperado, indefinido, misterioso, que le produce un bienestar incomprensible. El café es el habitual, servido por el camarero habitual, la tostada es del pan habitual, tostado como habitualmente y las cantidades de sal y aceite que ha puesto en ella son aproximadamente las habituales y sin embargo, algo distinto ha cambiado su desayuno para siempre. De pronto cae en la cuenta que ni la secretaria que desayuna a su izquierda, habitual como el, ni los dos bancarios de su derecha ni, desde luego, los dos mocosos habituales del instituto cercano, fuman. Estamos a 2 de Enero de 2011. El bar es hoy un espacio límpido, lleno de olores a mantequilla, a mermelada, a miel de la alcarria, a café recién hecho, a sándwich recién tostado, a churros y porras, a cruasanes y suizos. A agua fresca y zumo de naranja. No parece que sea un hombre distinto del de ayer, pero se siente diferente. Es capaz de identificar olores que tenía ocultos, los ojos no parecen irritarse y su pituitaria está de fiesta. De pronto alguien entra con un cigarrillo encendido en el bar y a voz en grito, expresa su rebelión cívica contra la ley que coarta su libertad de fumar en aquel bar en el que lleva toda su vida fumando a la hora del desayuno. Increpa al gobierno, a la santa sede y a los poderes fácticos de la banca y los masones. Se acerca al hombre-gente y aplasta la colilla en el cenicero superviviente junto a su café con leche y con la misma, pero mala (leche) observa retadoramente al hombre que da el último sorbo de su café y sale después de dejar sobre el mostrador los 3,40 € de siempre. La libertad, piensa, siempre parece ser de los otros.

Todos los tiempos terminan como las estaciones, por serlo. Enero