El año global

LA GENTE, UN DÍA, cae en la cuenta que su vida se remite a un cómputo establecido encerrado per se en una suma establecida, con algunas variaciones desde la antigüedad y que cuenta con diferentes versiones enunciadas por las distintas culturas que la barbarie colonizadora no logró sepultar en el olvido y la ignorancia. El calendario es una puerta para escapar de la cotidianidad y un espejo en el que se mira la vulgaridad de la vida humana que se empeña en contar la cantidad de veces que se mira en el, para hacer un cálculo lo más aproximado posible de supervivencia consciente.

El calendario, sea el maya, el bizantino o el tecnológico, no es otra cosa que la Caja de Pandora donde el ser humano encierra su horizonte en un rapto consciente de su temporalidad. Limita su existencia de manera evidente a un cómputo matemático elemental que cualquiera puede ser capaz de dejar resuelto en un suspiro, a poco que se haya parado en observar la duración de la vida de los que le han rodeado.

Lo bueno de contar la vida es que al modo de las creencias religiosas, acostumbra a vislumbrar, y por ello a aceptar, la limitación de la propia existencia. Prepara por tanto para el fin, pero también, y yo creo que principalmente, para la vida, porque el fin de ella valora cada segundo de esta.

Los años naturales suelen, al menos en la modernidad, tener un conflicto con los hábitos de la existencia humana moderna, haciendo terminar el año en un momento climatológico, social, laboral y personal homogéneo. Hay gente que considera mayor cambio en el paso del verano al otoño, con la incorporación al trabajo tras las vacaciones y el comienzo del curso escolar, pero las tradiciones pesan y siguen pesando como lo hacían en la cueva.

Los años naturales sirven para que los libros de historia acoten los acontecimientos en paréntesis y puedan diferenciar las cosas para archivarlas, aunque en realidad solo es otra ilusión para que el hombre crea que aunque limitada, su trascendencia es evidente. Todo lo que sucede debe pesar, medir, lo suficiente para poder ser contenido en un espacio preciso que pueda indexarse sin desmoronarse.

El año que concluye, 2010, no es solo el contenedor de nuestra inmediata vida sucedida y como tal contiene la cantidad precisa para que no reviente con los años ni se desintegre al ser revisado fuera de la estantería correspondiente, pero como tal, debe llevar una etiqueta que le designe de manera tan ineludible que pueda ser elegido o descartado por quien pretenda revisarlo en el futuro y no es tarea fácil. Los títulos son muy difíciles de adjudicar porque significan un ejercicio de síntesis que se corresponde con un esfuerzo de conocimiento generalizado y a la vez con el ejercicio de aplicar esa generalización con un espacio geográfico y cultural específico, donde las cosas habrán tomado su curso particular. Y esa operación tiene su carga de incongruencia enloquecida.

En España, en 2010, la impresión que parece quedar para rellenar la etiqueta de la caja es que lo que ha pasado aquí no ha dejado de pasar en cualquier parte, o sea, que las cosas son de todos. En un mundo de todos, no parece quedar nada para cualquiera si no es para cualquier otro.

Los días caen como lágrimas, sin querer, inexorablemente . Diciembre.