Los límites del conocimiento

LA GENTE, UN DÍA, recuerda de hace poco, por cierto, cuando le explicaban la diferencias entre el homo sapiens y el homo sapiens sapiens. Uno es el que sabe y el otro el que sabe que sabe, el que tiene conciencia del saber y por ello controla el mismo, lo almacena, lo distribuye y lo utiliza como cualquier otro arma que le ha precedido, en su favor y contra los otros que son como el, pero que el no quiere que sean como el. Es verdad que estas cosas de los otros siempre parecen ponerse a tiro de los aprovechados que usan la ignorancia del otro a favor del conocimiento propio y por eso, en la edad media, los oficios y su aprendizaje estaba en manos de los gremios, auténticos círculos de poder exclusivo que decidían cuanto debía aprender un aspirante y cuando se le permitía ejercer el oficio al margen del taller del maestro en que se hubiera formado.

¿Pero qué sucede cuando el conocimiento ya no es atesorado por unos pocos iniciados sino que se encuentra a disposición de todo aquel que obtenga el uso de un instrumental tecnológico de fácil acceso y elemental uso? ¿Quién controla entonces lo que se “debe” o no saber y por quien? ¿Necesitamos esa figura reguladora que dictamine lo que es o no cognoscible y por quienes?

Las filtraciones de Wikileaks han puesto contra las cuerdas a los últimos reductos del conocimiento oscuro, los servicios de inteligencia de los Estados Unidos de América, donde se guardaban las entretelas de sus servicios diplomáticos, el polvo de debajo de las alfombras de sus ejércitos, las confesiones de sus asesinos, sus direcciones, numero de la seguridad social y el nombre de sus queridas. La controversia está servida, pero ya nada será igual a antes de la red de Assange, su irrupción en el mundo de la comunicación global nos ha acercado a tal nivel de conocimiento secreto que las más sórdidas de las previsiones se han quedado en un juego de infantes. En cuanto eres padre, ya se sabe que es mala idea la de escuchar sin ser descubierto las conversaciones del adolescente, sobre todo si se quiere seguir durmiendo relativamente tranquilo.

La cuestión parece residir en la fijación de los límites, de ahí la vieja expresión de ¡Se ha pasado! Sean cien pueblos o un par de ellos. ¿Dónde quedan las viejas marcas de la cortesía internacional? ¿Adónde acudiremos si vemos que se nos publican las conversaciones de alcoba de los Papas, Presidentes de bancos, o de Repúblicas, Agencias o confesonarios?

Los creadores sabemos lo que significa que se pasen los límites del derecho a nuestra creación y se argumente, como sucede estos días que el derecho de quien no crea es más fuerte sobre la obra que la de quien la ha creado, paradoja esperpéntica que se resuelve poniendo los límites de un derecho y resolviendo dejar otro a su libre albedrío.

La gente tiene derecho a saber y quien conoce tiene derecho a hacérselo conocer. Si quiere.

Se descubren poco a poco los brotes de la mies como secretos antiguos. Diciembre.