Darfur en el olvido

LA GENTE, UN DÍA, echa la vista atrás y revisa el refranero, acepta que los tiempos cambian (que es una barbaridad) y que las cosas no parecen repetirse como el sistema anuncia. La gente sabe de sobra que la acción del hombre esta hecha para el error y que los márgenes que maneja no son para su seguridad sino para que quepan las meteduras de pata. El hombre yerra y distribuye su error como si no lo fuera. Esa es una de las características humanas más curiosas, la propensión al encubrimiento. Puede que en el fondo todo venga de la culpa, de la culpa necesaria para mantener el equilibrio y no deslizarse por la paranoia.

El hombre nace, ya lo decía Aristóteles, con la seguridad de que en su existencia, suceda lo que suceda y se desarrolle por donde lo haga, de la presencia del error. El hombre nace sabiendo que se equivocará gravísimamente varias veces, gravemente otras más y muchas mas lo hará levemente. El error forma parte así de la prueba que demuestra que la acción del hombre no es sino por culpa de los demás.

El hombre actual parece haber destinado la conciencia de culpa al armario de los trastos en el sótano o al último estante de la buhardilla. La conciencia de culpa no le vale para la vida moderna, esa que se desarrolla frente al televisor a la espera de votar para quien deba quedarse en Gran Hermano o sumarse a los que entran en los blogs para debatir si aquel o aquella debe reunirse de nuevo con la pareja que le reclama desde la pequeña pantalla, entre sollozo y sollozo, jurando que nunca jamás de los jamases será lo que fue que fuera y que provocó lo que pasó.

El hombre flojea de mollera y de memoria por tanto y no es solo una cuestión neurológica sino, que duda cabe, una opción existencial. Olvida porque le viene bien no recordar, sobre todo las cosas que con el recuerdo nos traen remordimientos y sentimientos de culpa.

Nadie se acuerda de Darfur. Las cifras de la vida y la muerte allí siguen siendo tan abrumadoramente sangrientas que a la gente le cuesta cerrar los ojos y evocar a esos pobres seres humanos ateridos de frío entre los plásticos del campamento de refugio, al albur de la nueva rafia que les cueste la vida. Darfur es una tragedia infinita, inabarcable, in asumible. El horror se cita con tal descaro bajo los míseros cartones que la imaginación mas poderosa y calenturienta tiene que hacer un esfuerzo ímprobo por acercarse a la realidad comunicada, la que nos llega perdida ya en el fondo de la noticia, porque la de verdad, la que se vive allí, no es comunicable.

La sociedad civil europea sostuvo la idea de mandar unos cuantos cascos azules y pagó por ello, pero le cuesta tener que estar aún pendiente del conflicto. Siempre son demasiado largos para mantener la atención. Pero no es, ni siquiera buena idea tratar de deshacernos del horror ajeno. Todo lo que se olvida, tiene la posibilidad de repetirse y en Darfur, se repite cada día como el primero.

No bastan los contingentes que separen beligerantes. Se precisa memoria.

Sangran los pies como sollozan las anémonas manchadas. Diciembre.