La fiera sangrienta

LA GENTE, UN DÍA, acepta que las cosas no parecen sucederse como le cuentan. En cualquier orden, pero desde luego, en el económico, menos. Le da la sensación que los expertos se pierden en un mar de posibilidades de las que apenas algunas de ellas le resultan inteligibles, mientras, los datos y opiniones de sus iguales se suceden como lluvia de plomo. Es verdad que según sea el estamento social por donde se maneje el individuo, el orín de la perrita, como dice el sabio dicho campero, huele de manera distinta y su observación, da a lugar a muy distintas interpretaciones de gravedad. No es igual que los hombres que discuten entre la gente lo sean por implicación empresarial o asalariada.

Ya se sabe que los ricos suelen ser siempre pesimistas, no está claro si es por experiencia o por temor. De cualquier forma, vale más que dejarse mecer por los cantos de sirena de los políticos al timón. Los poderosos, se aferran a su visión catastrofista porque están más cerca de los grandes números que son los que marcan esta situación, los conocen en su detalle y saben interpretar el oráculo del mercado que fue el aliado supremo y se ha travestido en el peor de los traidores. Se amolda a la estrategia económica del poder hasta que huele la sangre y al igual que los predadores de la pirámide trófica, se lanza al cuello con el instinto del asesino que late en el. Es un perro enseñado a atacar desde la ventaja y de pronto, nosotros, los dueños, los que le hemos entrenado, pretendemos que se comporte como un falderillo cualquiera. La ley que le soporta es la del mas fuerte y su pervivencia está sostenida por el olisqueo continuo en derredor tras la falla que le de superioridad.

El beneficio no tiene moral, lo hicimos así, para que no pudiera ser saciado, para que siempre pudiera tragar y tragar la víscera asaltada. No hay piedad ni límite capaz de saciar esa fiera sangrienta que no conoce ni quiere conocer a su víctima más que en el ataque. No quiere saber su nombre, si tiene hijos, o porqué no puede pagar la hipoteca, no porque tema a la piedad, simplemente es algo que no le interesa. Aunque suene cacofónico total, está enseñado para ensañarse.

El asalariado observa la fiera desde otra perspectiva, aquella que le otorga su pequeño peso sobre la rama, desea por un lado pasar inadvertido pues cree que son cosas de otros las que escucha, pero sabe que al final de la carrera el cuerpo con el que se encuentran las crisis, siempre es el suyo.

Los políticos, lo mejor de cada casa pero venidos a menos, se hacen cruces mientras ensayan ante el espejo el discurso que sirva para desmentir la realidad y aseguran que nada pasará mientras ponen sus barbas a remojo. Y saben que tampoco a ellos les respetará la fiera y basta que anuncien que tendrá clemencia para que ataque con mayor furia. Se proponen cada día poner coto a la ambición como si esta fuera finita y anuncian leyes reguladoras para encerrar a la fiera, mientras esta, les come las pantorrillas desaforadamente. La ingenuidad se parece tanto a la hipocresía que es facilísimo confundirlas, aunque algunos apuestan que son lo mismo. Mientras, el mercado ataca y no parece vislumbrarse el fin. Será que lo que hoy nos parece eventual pueda ser la patita por debajo de la puerta del futuro que nos aguarda.

El olor de la sangre por derramar se anticipa al futuro. Diciembre.